Hablar de comunicación en tiempos de confrontación en el Perú

Rolando Pérez

Para quienes venimos trabajando desde aquella practica comunicativa sustentada en los valores cristianos y que busca abrir caminos democráticos desde la ciudadanía, el proceso político al que asistimos recientemente los peruanos - y que concluyó con la elección ilegítima del actual presidente Alberto Fujimori - nos ha suscitado una serie de reflexiones, que intentaré expresar en el presente artículo.

Por un lado, ha sido gratificante ver en la ultima campaña electoral a diversos sectores de la sociedad civil y especialmente a los jóvenes salir a la ‘plaza pública’ para hacerse escuchar, cuando la mayoría de los medios de comunicación, especialmente la televisión de señal abierta, le dijeron ¡NO! a la palabra ciudadana, a la opinión discordante con el discursos oficial y al diálogo plural. Y fue especialmente gratificante, porque en los últimos años, y en este proceso en particular, hemos convivido con una suerte de banalización o trivialización de la PALABRA ciudadana, y con la violación constante del diálogo y la comunicación. El poder político se ha construido a partir de la negación y la subestimación de la opinión del otro.

La sociedad civil, expresado en los movimientos e instituciones democráticas, ha expresado en las plazas y calles la necesidad de una cultura ciudadana distinta en donde la mentira y la anulación de la pluralidad, no se conviertan en una cultura aceptada o legitimada para el ejercicio del poder.

La complicidad política de quienes están al frente de los grandes medios de comunicación con esta cultura de la anti-democracia, se constituyó en un elemento desagradable en este pasaje de nuestra historia política. La televisión abierta optó por la intencionada desinformación, la tergiverzación de la realidad, la espectacularización de la noticia, y la trivialización del hecho político. El debate de las ideas y las propuestas se escondió o fue escondido detrás de la transmisión del ‘mitin’ o la manifestación política convertida en ‘show artístico-musical’ o de la noticia tergiversada para destruir a los otros (que no piensan lo mismo) a cualquier costo.

Por otro lado, en el nivel mas estructural, observamos en el Perú una agudización de la crisis social y política. ‘La emergencia y la crisis se suceden una a otra sin un intervalo en que pudiera advertirse consolidación y estabilidad. La población asiste a la privatización de riesgos y oportunidades, desligada de cualquier fundamentación democrática, teniendo nociones de una discriminación, sin que ello desemboque en argumentos de resistencia o en proyectos alternativos... El electorado se presenta ahora como un audiencia que responde en términos fragmentados a las ofertas que surgen del escenario político’.1

Sin embargo, la crisis política en el Perú van mas allá de la coyuntura actual. Nuestra historia da cuenta de un serie de regímenes autocráticos o de democracias débiles y de fuertes procesos de violencia que han ocasionado cambios traumáticos en el tejido social de nuestras comunidades. El más reciente es el de la violencia terrorista ocasionada por Sendero Luminoso, cuya ideología se tradujo en el discurso vertical, la intolerancia, la anulación del dialogo y del debate para la solución de los problemas comunes. Es interesante anotar que si bien Sendero Luminoso como estructura militar ha sido virtualmente derrotado, sin embargo, la ‘cultura senderista’ (aquella de la confrontación a cualquier precio, del fundamentalismo dogmático que destruye física y psicológicamente la vida humana, de la anulación o exclusión de aquel que discrepa con la ideología del poderoso, de la ética política que se sostiene en aquello del ‘fin justifica los medios’), se ha trasladado a la cultura del poder político contemporáneo, a aquel ejercicio del poder que con rostro de democracia construye paradójicamente una sociedad antidemocrática. El ‘fujimorismo’, en ese sentido, no se distancia mucho del ‘senderismo’ en su estructura ética y en su escala de valores respecto al modo de construir los cimientos de la sociedad.

Entre la ética comunicativa y la seducción del poder

Al igual que en América Latina, en el Perú, los medios de comunicación se han convertido -como sostienen muchos estudiosos- en escenarios privilegiados de representación de lo social, en espacios de configuración de las culturas políticas y campo privilegiado desde el cual se construyen las agendas públicas.

No es posible hoy pensar la vida política y el ejercicio del poder y la construcción de la ciudadanía sin tomar en cuenta el papel o el rol de los medios, porque la cultura política actual ‘se encuentra fuertemente asociada a los lenguajes audiovisuales ( acción, imágenes, fragmentos etc.). es más, diría que la cultura política del ciudadano común no se configura hoy desde un cuerpo de ideas provenientes de las ideologías o de la prédica de los grupos políticos. Más bien, a partir del consumo cotidiano de programas televisivos se va conformando una cultura masiva blanda, que se extiende hacia la política; pero al nutrirse principalmente de los programas informativos configura patrones de veracidad – credibilidad -, fidelidad a las figuras públicas, muy distintos a los criterios políticos que vienen de las ideologías y las prácticas partidarias.2 En ese sentido, es interesante observar que los medios han absorbido buena parte del debate que ocurre en torno a los asuntos públicos e incluso a los asuntos privados en nuestra sociedad.

Pero, si bien es cierto que los medios de comunicación en general efectivamente se han convertido en escenarios privilegiados para la visibilidad y la legitimidad de los procesos ciudadanos, la percepción que tenemos es que los grandes medios masivos han dejado de lado su rol mediador, su responsabilidad fiscalizadora, y han terminado mas bien por aliarse con el poder político. A este respecto Rosa María Alfaro comenta:

‘la importancia que ha adquirido la comunicación no nos impide cuestionar su poca capacidad para asumir semejantes roles asignados históricamente. Si bien han sido y son escenarios de redefinición de la política y de constitución de lo público, desde ella hemos asistido a su descomposición, sin detenerla y cuestionarlaº porque evidenciaban la instrumentalización de la política desde la publicidad y la promesa electoral. Esto permitió que los sentimientos nacionales abandonaran la política y corrieran hacia lugares simbólicos, como por ejemplo el humor, el melodrama, el deporte. La noción de noticia y la de relación política con la opinión pública se superponen construyendo las hegemonías del poder. Al interior de la propia comunicación se configuró una disociación entre democracia y modernidad, a favor de las reglas de la eficacia. Ciertamente acercó a la gente a la dinámica del poder y la hizo partícipe de su proceso.. pero, no pudo tener un rol orientador mas proyectivo. No fue capaz de ser expresión y presión política de la ciudadanía para cambiar la vida’.3

Precisamente, el ultimo proceso electoral peruano da cuenta del modo como se situaron los medios en el contexto de la polarización y la confrontación política. Si bien , la mayoría de los grandes medios de comunicación dejaron a un lado su rol orientador y pedagógico, otros sin embargo optaron por construir una contra-cultura periodística frente al discurso oficial. Así, cuando la mayoría de los medios de comunicación se parcializaron ocultando las irregularidades y subestimando u ocultando la movilización y la voz de los ciudadanos en las calles, la ciudadanía encontró otras puertas, otros espacios, otros medios. Aparecieron entonces los comunicadores y comunicadoras que optaron por el camino de la ética periodística en defensa de los intereses ciudadanos. Valiente labor cumplieron junto a otros medios y cadenas de información, por ejemplo, los comunicadores y periodistas vinculados a las redes de comunicación en la cual WACC participa, como por ejemplo la Coordinadora Nacional de Radio con su red de emisoras populares en todos el país. Por las ondas de Radio Milenia, Santa Rosa, Yaraví, Cutivalú, etc, etc, por la ventana electrónica de la Agencia Latinoamericana y Caribeña de Comunicación (ALC), Noticias Aliadas, PULSAR pudimos reconocer las voces ciudadanas que siguen expresando su deseo de construir mediaciones comunicativas nuevas para la democracia en el Perú.

Pero para ser justos debemos reconocer también que en medio de la alianza que los medios masivos comerciales hicieron con el poder político oficial, encontramos a aquellos periodistas y comunicadores que se han sensibilizado frente al atropello y la prepotencia, y se han convertido en mediadores de las causas justas, y también en develadores de las irregularidades escondidas de tras del poder. Fueron los periodistas de investigación que permitieron, por ejemplo, que la población se entere de la falsificación de un millón de firmas en la campaña electoral, cuyos responsables fueron lideres del movimiento que respaldaba la candidatura del Sr. Fujimori, o los hechos que daban cuenta del chantaje político hacia los congresistas para evitar un oposición mayoritaria en el parlamento.

Sin embargo, más allá de la coyuntura política electoral, hay otros signos de confrontación y de violencia que atentado y siguen atentando contra la dignidad humana en estos años. En ese sentido, es importante destacar que las campañas periodísticas a través de los medios de comunicación han permitido que muchos inocentes encuentren su libertad. Pero, esto no ha terminado aún; las organizaciones defensoras de los Derechos humanos dan cuenta de mas de 200 ciudadanos que aun están en las diversas cárceles peruanas condenadas injustamente. Este es aun una herida abierta que la guerra antisubversiva nos deja en el Perú. Se trata no solo del dolor de los propios prisioneros, sino también de muchas familias que no entienden por qué tienen al alguien suyo en la cárcel, por qué tienen que ser juzgados por delitos que nunca cometieron. Solo el pragmatismo político o la absurda estrategia de ‘pacificaciòn’ que se construye sobre los cimientos de la muerte puede explicar pero no justificar tanta injusticia.

Aquí está otro desafío, para pensar cómo contribuir desde la comunicación a la reconciliación, a la creación de una cultura de paz en un sociedad en donde la ‘eficacia administrativa’ del poder político asume que el fin justifica los medios, y que bajo esta premisa se legitima el atropello, la muerte y todas la violaciones y transgresiones.

Una comunicación para la reconciliación ciudadana

Una estrategia de comunicación para la reconciliación es posible a partir de trabajar en la perspectiva de fortalecer la ciudadanía. Por ello, antes de trabajar algunas ideas que puedan ayudarnos a pensar una propuesta comunicativa en este campo, quisiera plantear brevemente lo que entendemos por el concepto de ciudadanía desde una perspectiva comunicacional.

Hoy en día el concepto de ciudadanía se ha incorporado con mucho énfasis en las reflexiones y debates en torno a los diversos temas vinculados a la realidad latinoamericana, entre otras cosas debido al preponderante rol que juega hoy la sociedad civil en nuestras culturas democráticas. El tema de la ciudadanía está asociada a la discusión en torno al papel de la sociedad civil, que a decir de muchos estudiosos ‘denota un campo amplio y heterogéneo de actores sociales no estatales, portadores de valores, intereses y necesidades diversas, constituidos o no bajo una idea de organización o simplemente congregados por un algún común denominador particular’.4

Por otro lado, en esencia la comunicación está íntimamente vinculada con la noción de ciudadanía, en tanto que el acto de comunicar ‘tiene que ver con los acontecimientos humanos y la huellas que queremos dejarnos unos a otros según nos vamos relacionando. Supone un procesamiento con continuidad de ese tener que ver con los demás. De esa manera vamos estableciendo diferentes tipos de vínculos entre nosotros, muy diferentes entre sí’.5

Desde el punto de vista comunicacional, el concepto de ciudadanía nos remite a la idea del bien común de los sentidos de pertenencia humana a una determinada colectividad. Pero, al mismo tiempo podríamos asociarlo a valores sustanciales de la ética cristiana, como el respeto a la dignidad humana, la solidaridad y la construcción de lazos de comunidad. A este respecto, el comunicólogo colombiano Germán Rey, sostiene que:

‘en el nivel de los principios o de los ideales, todos somos ciudadanos. No solo ante la ley sino en el nivel puramente humano, toda persona vale y se merece una vida digna, tanto a nivel público como privado. Si bien la ciudadanía es un concepto y una perspectiva política principalmente, genera una creencia en la igualdad que todos nos merecemos. Por encima de cualquier diferencia, quienes habitamos una nación PERTENECEMOS a ella, somos parte importante y significativa de la sociedad. Y porque pertenecemos no estamos fuera de la sociedad, poseemos DERECHOS que deben ser respetados. Y porque somos parte nos liga una RESPONSABILIDAD frente a los demás. Entre todos podemos tejer desde arriba y desde abajo una sociedad JUSTA donde se puede convivir... Es decir, nos une un COMPROMISO, un CONVENIO COMUN, una corresponsabilidad, que se va construyendo poco a poco.’6

Y todo esto, evidentemente, tiene que ver con la construcción de una ética nueva de la convivencia. Una ética que aspira a ponerse del lado, de manera plural y sin fundamentalismos, de aquellos valores cristianos, como la justicia, la tolerancia, la solidaridad, la reconciliación. De modo que de lo que se trata es de caminar junto al otro, que muchas veces implicará construir alianzas en la sociedad para levantar a los caídos, escuchar aun al subversivo, transformar al corrupto, socorrer y consolar al violentado, porque todos ellos son parte de nuestra comunidad, y todos ellos son necesarios para transformar la sociedad, para construir la vida en medio de los signos de la muerte.

Retos y demandas para los comunicadores

J. F. Lyotard considera a la civilización como el aprendizaje de una palabra compartida a la que distingue tres estatutos del derecho a comunicar, a opinar, a decir: En primer lugar, la facultad de interlocución - que es un principio fáctico inherente a las lenguas humanas -, en segundo lugar, la legitimación de la palabra que anuncia como algo distinto (lo cual se esfuerza por hacer entender al otro); y en tercer lugar, el derecho positivo de hablar, que reconoce al ciudadano la autoridad de dirigirse a los otros’.7

Es evidente que la palabra pública se ha devaluado en nuestra sociedad. Y los medios, es decir quienes administran los medios (productores y empresarios) han contribuido muy poco a potenciar el valor pedagógico de la palabra. La sobreexposición de las imágenes, la cultura de la publicidad ha puesto en escena el discurso de la vida cotidiana asociándolo con el espectáculo, con la frivolidad. Los programas de Talk Show o Reality Show son una verdadera caricatura de la vida social, que asocia el dialogo, la conversación con el insulto, con el con el chisme, con la discriminación, poniendo en positivo la intolerancia, la violencia, el atropello, etc. Lo que vemos es una permanente tensión entre el marketing, la obsesión por el rating y los débiles intentos por educar a la ciudadanos.

En este contexto necesitamos construir un discurso público que comunique una ética nueva en una sociedad fragmentada y violentada por los discursos dogmáticos e intolerantes. Necesitamos construir un discurso que convoque al diálogo, a la complicidad con el bien común, una palabra que con coherencia ética y con autoridad moral interpele a las autoridades, pero también a los ciudadanos, que muchas veces se convierten en cómplices del adormecimiento y la pasividad política frente a las injusticias, al atropello de la dignidad humana.

Esto implica también contribuir al surgimiento de nuevos lideres de opinión desde los espacios locales de la ciudadanía, facilitando su incidencia política desde la agenda pública que se construye desde los medios. Esto permitirá la generación de una corriente de opinión ciudadana que ayude a construir el otro rostro de nuestras comunidades, no el de las que se construyen desde la cultura de la muerte y la intolerancia, sino el de la vereda humana, en donde la moral, la ética, y el esfuerzo solidario se abrazan.

Esto nos invita a reconocer que no todas la voces de la ciudadanía han estado siempre en los medios. Y si hablamos de construir una cultura de paz y de trabajar por la reconciliación no podemos hacer comunicación soslayando las voces de aquellos que especialmente fueron excluidos históricamente en América Latina. En ese sentido, necesitamos romper con la cultura de la exclusión que desde los medios hemos legitimado. Necesitamos, en ese sentido, hacer de los medios verdaderas plazas publicas en donde todos puedan no solo hablar, sino también dialogar, conciliar y plantear propuestas comunes para el cambio. Aquí necesitamos incidir en la necesidad de valorar y legitimar públicamente la palabra de las mujeres, de los jóvenes, de los indígenas, de comunidades de fe no reconocidos oficialmente, de los desplazados por la violencia terroristas y estructural, a fin de que pueden ser incorporados al debate publico de los problemas de la sociedad.

Es necesario hoy sensibilizar a las autoridades y al propia ciudadanía a partir de hacer visible a través de los medios las experiencias ciudadanas de aquellos que trabajan por construir una cultura de paz y de reconciliación en un contexto de muchos signos de violencia.

En ese sentido, los comunicadores debemos ejercer nuestro rol de mediadores. Esto supone pensar la comunicación más allá de la simple información; ‘es hacer posible que los hombres (y mujeres) reconozcan a otros y ello en doble sentido: les reconozcan el derecho a vivir y pensar diferentemente, y se reconozcan como hombres (y mujeres) de esa diferencia. Eso es lo que significa y lo que implica pensar la comunicación desde la cultura.’8

En los últimos años en el Perú las instituciones defensoras de los Derechos Humanos han colocado en coyunturas claves el tema de la defensa de la dignidad humana, sobre todo a raíz de la situación de los desaparecidos o encarcelados injustamente. En estas campañas, la presentación pública de los casos a través de los medios masivos ha sido clave en esta tarea. Y fue altamente enriquecedor observar el modo como se fue creando una extendida cadena de solidaridad, que ha transcendido las fronteras de nuestro país. Periodistas, líderes políticos, incluso algunos cercanos al régimen de turno, lideres sindicalistas, congregaciones religiosas, etc., empezaron a hablar, a opinar, mostrando su respaldo a las campañas de comunicación por la libertad de los injustamente encarcelados. En esta tarea la visibilidad de la campaña, que se logró a través de los medios, permitió que la ciudadanía empezara a reconocer que algo injusto estaba ocurriendo en el país. Es decir, hicimos del atropello personal o familiar un problema común, que empezó a pertenecernos a todos. Es decir extendimos la solidaridad a partir de colocar hechos concretos de violación de los derechos humanos en la agenda pública.

Hoy en el Perú aun nos encontramos con muchos familiares que desde la plaza pública, en la puerta de algún medio de comunicación o desde la vereda del frente en donde se ubica el Poder Judicial reclaman la libertad de algún familiar encarcelado injustamente. Por ello, no podemos detenernos en la tarea de hacer público estos hechos, para que todos reconozcan y asuman el dolor del prójimo como suyo, como nuestro.

En un país en donde aquellos valores , como la justicia, la honestidad, la tolerancia van perdiendo cada vez más su valor, los comunicadores tienen hoy la responsabilidad moral de generar una corriente de educación ciudadana nueva, que promueva ciudadanos sensibles a la vida humana, capaces de reaccionar y actuar para la solidaridad, que enseñen con el ejemplo a respetar la dignidad del prójimo, a defender el bien común, que luchen contra la violencia, que no sean complacientes ante el gobernante corrupto y deshonesto, y ante el ciudadano que transgrede la ley.

Ayudar a reconstruir nuestra memoria

El escritor uruguayo Eduardo Galeano sostiene que hay un vacío en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Dice él que necesitamos colocar un artículo más en esta Declaración, y es el ‘Derecho a recordar’. Precisamente, en una sociedad fragmentada como la nuestra, de muchos acontecimientos fugaces, relatados por los medios a modo de Video-clip, rápidamente olvidamos las historias que nos recuerdan no solo los hechos desagradables, sino también aquellas acciones comunitarias o ciudadanas que han transformado la muerte en vida, y la violencia en signos de paz.

Recuerdo por ejemplo, a los familiares de los encarcelados, a las madres y esposas ritualizando la búsqueda de libertad del esposo, del hijo o del hermanos, tocando las puertas de las iglesias, los medios y las instituciones defensoras de los Derechos Humanos, o gritando en la plaza publica por la libertad y la vida. Recuerdo también a las mujeres de los sectores pobres de Lima construyendo un comedor popular para a atender a los necesitados que la pobreza estructural crea. La lista puede continuar, pero de lo que se trata es de recuperar la experiencias vividas que nos pueden ayudar para construir esfuerzos solidarios nuevos o resistencias pacificas frente al atropello.

En este camino, el hecho de ligar las biografías personales con la vida social puede ser una ruta interesante para reconocer no solo las diversas formas como se expresa la violencia, sino también las posibilidades de fundar una nueva ética de la convivencia y el ejercicio de la vida en comunidad. En esta misma línea, es importante que nuestros proyectos de comunicación puedan establecer conexiones entre las experiencias vividas en el presente, con aquellos relatos de nuestra memoria histórica, pero también con las utopías de vida, que son aquellas esperanzas viables que nos permiten soñar con un mundo nuevo, con una comunidad que dignifique la vida humana. De igual modo, necesitamos conectar las experiencia personales vividas en comunidades pequeñas con la comunidad más amplia (el distrito, la región, el país), a fin de integrarlas a la transformaciones más estructurales de la sociedad.

Construir comunidades de confianza

Cuando la ciudad se vuelve mas intolerante, racista y desconfiada, necesitamos construir comunidades de confianza, que se conviertan en espacios en donde los ciudadanos puedan ser valorados y reconocidos. Muchas veces quienes fueron atrapados por la esclavitud del poder, al salir de ella se encuentran con una sociedad que también los esclaviza con la misma cultura de la intolerancia y la desconfianza. En ese sentido, necesitamos trabajar desde comunidades ya constituidas como la familia, las comunidades de fe, el barrio, la escuela en donde se es posible recuperar las afectividades personales, cultivar los lazos de solidaridad para levantar al caído y socorrer al necesitado. Pero también para que el ciudadano consolado pueda convertirse en un consolador para otros que los necesitan. Así construiremos una gran red humana de solidaridad que poco a poco levante comunidades nuevas que sean capaces de convertir tantos discursos que proclaman la vida en experiencias concretas de reconciliación y de paz.

En Perú como en la mayoría de los países de América Latina hablar de construir una cultura de la reconciliación pasa necesariamente por repensar la democracia, no solo en tanto sistema político-jurídico, sino fundamentalmente como un modo cultural de convivencia, porque un régimen democrático no es tan sólo la sumatoria de mecanismos institucionales, sino asimismo éste encuentra su fundamentación en acuerdos sociales sustentados en principios éticos que son irrenunciables.

Todo lo mencionado anteriormente en este artículo no puede desligarse de la tarea de construir una ética de la convivencia que se sostenga en los principios fundamentales de la democracia: la tolerancia, el respeto a los derechos humanos, la libertad, el respeto a la pluralidad, etc. En este sentido, y desde esta concepción, solo desde comunidades democráticas y ecuménicas será posible construir caminos de reconciliación y de paz, en donde podamos habitar todos respetando nuestra diferencias y aceptando nuestra diversidad cultural.

Notas

1 Grompone, Romeo. ‘Las nuevas reglas de juego. Transformaciones sociales, culturales y políticas en Lima. IEP, 1999. Pág. 53.

2 Macassi, Sandro. ‘Los informativos radiales. La encrucijada desde la recepción’. En: La Radio ciudadana del Futuro. CEAAL-CALANDRIA, 1999. Lima. Pág. 153.

3 Alfaro, Rosa María. ‘Transiciones de época o época de transiciones’. En: Escenografías para el diálogo. CEAAL, Santiago de Chile, 1995. Pág. 163.

4 Viveros, Felipe. ‘La participación de la sociedad civil en acciones de interés público’. En: ‘Ciudadanía e interés público’. Universidad Diego Portales de Chile. Santiago de Chile., Octubre de 1998. Pp. 165.

5 Alfaro, Rosa María. ‘Repensar la política y la comunicación. Trances y apremios para construir ciudadanía’. En: Memoria del Seminario Internacional ‘Construyendo ciudadanía, equidad y Paz. Retos de la comunicación de cara al 2000’. Diciembre de 1999. WACC-AL. Pp. 38.

6 Rey, Germán. ‘Un camino recorrido’. En: ‘Escenografías para el dialogo’. CEAAL, Lima 1997. Pp. 5.

7 Lyotard, J. F., ‘Los derechos del otro’. (mimeo). Santafé de Bogotá. Universidad.

8 Martín-Barbero, Jesús. En : Diálogos de la comunicación. FELAFACS No. 28, Lima. Pp. 76.

Rolando Pérez es director del Instituto de Estudios de la Comunicación, profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Martín de Porres, y Vice-presidente de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana – América Latina (WACC-AL).

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