Verdad e impunidad

Héctor Schmucler

La impunidad es un fantasma familiar en la historia de la Argentina. En realidad, desde la mirada de los vencidos, todas las historias podrían ser vistas como una suma de impunidades. No ocurre lo mismo, por supuesto, con los vencederos: cada triunfo contribuye a que las condiciones previas no aparezcan como producto de anteriores triunfos sobre otros, sino como lo necesariamente dado. Cada nuevo triunfo tiende a borrar la memoria de que lo que antes existía era, a su vez, resultado victorioso de alguna disputa. Cuando, después del triunfo de un determinado poder material o espiritual, el pasado conflictivo se desdibuja, la amnesia disuelve la conciencia de los crímenes que suelen acompañar a las victorias. Simétricamente, para los vencidos (la expresión claramente alude a Benjamin) cada derrota consolida la derrota anterior.

En la Argentina de las últimas décadas la impunidad ha tenido el nombre de víctimas precisas: los desaparecidos. Una impunidad que ha quedado como presencia humillante en el dolor que acompaña a los familiares de esos desaparecidos. El dolor, que está más allá de cualquier expectativa de punición, se ha hecho cicatriz en la memoria de esos familiares; es una marca alojada en sus cuerpos que ningún castigo justiciero podría borrar. También, aunque aparentemente no sea visible, impregna el tejido social.

En estos días, mientras preparo algunos borradores, el reclamo contra la impunidad, aquí, en la Argentina, es un viento que agita las estructuras de la sociedad. Sin embargo no se trata de los desaparecidos. Las viejas cuentas, momentáneamente, se han diluido. Los actos para los que se reclama punición son más inmediatos1 y se vinculan a diversos aspectos de una crisis generalizada: funcionarios acusados de ineptos o corruptos, jueces que no respetan el deber de hacer justicia, políticos insensibles a las demandas ciudadanas, empresarios que se apoderaron ilegalmente de las reservas económicas del país. La suma de reclamos es heterogénea y desbordante. En ocasiones unos se contradicen con otros. No siempre las protestas se sostienen en hechos demostrables; pero muchas veces la indignación prescinde de las razones admitidas en los momentos de calma.

Entre los protagonistas, cierta sensación de abismo convive con la certeza de tener en sus manos las riendas de su inmediato destino. El murmullo vociferante de la calle llama al castigo. La lucha contra la impunidad parece un patrimonio común. Con todo, y ante la generalización del reclamo para que aquellos a quienes se señala como culpables sean castigados, no puedo evitar la pregunta que, como una traba, perturba mi reflexión desde que me propuse escribir sobre este tema: ¿Desde dónde hablar de la impunidad?

Hacia la reconciliación
Lo inquietante es ese desde dónde. Presupone la posibilidad de que el concepto de impunidad puede ser entendido de distintas maneras. La pregunta entonces se desgrana: ¿desde qué historia hablar?, ¿desde qué geografía? Y más allá: ¿desde qué criterio de verdad, desde qué valores éticos y sociales, desde qué creencias declarar la culpabilidad de alguien o establecer la criminalidad de actos que merecen punición? Además, si bien es cierto que la impunidad genera un estado de desamparo, el castigo, ¿qué tipo de reconciliación auspicia? Sólo en el orden teológico podríamos aproximarnos a una respuesta coherente aunque socavada por innumerables matices. Para una parte de la mirada cristiana, por ejemplo, la punición, la no-impunidad, es el camino para el reencuentro en el cuerpo del Cristo, la re-ligación de un orden que se había roto y que, por lo tanto, alguna vez estuvo entero. La falta – el crimen – no debe permanecer impune para que la unión con Dios, perdida por los pecados humanos, pueda ser restaurada; para que se realice la obra redentora de Cristo. En el reconocimiento del hecho redentor se hace posible el reencuentro entre los seres humanos.

Pero la idea de reconciliación no sólo llama a pensar en el nuevo acto apetecible. Impone, con igual fuerza, la necesidad de recordar que la conciliación, que alguna vez existió, se había interrumpido. La memoria de esa interrupción, de las circunstancias que hicieron posible ese quiebre, es condición imprescindible para que acontezca otra oportunidad. Se trata de conciliar, unir a los que están separados, después de que las culpas fueron hechas públicas y los culpables castigados. Después de la obligante elección de vida que impone la propia presencia de Jesús: ‘¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división./ Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres’ (Lc 12, 51-52).2

La impunidad deshace cualquier esperanza. Cierra el camino de la expiación, que no es sólo castigo y reparación sino reconocimiento de que otro vivir es posible. En el caso de la teología judía, el momento de la expiación es sustancial: entraña, además de un acto de justicia y arrepentimiento por los daños causados a otros, la promesa de reconciliación a partir de un otro actuar y el ruego para que Dios haga posible esa reconciliación. La expiación está antes del perdón del pecado, entendido éste como una infracción a la Ley divina que incluye las faltas cometidas hacia los otros tanto como las que provienen del incumplimiento de los deberes hacia el Creador. Deliberada o inconsciente, la ofensa debe antes que nada ser expiada por voluntad propia del pecador.

La expiación, en este sentido, es una expresión de la libertad humana: así como es libre de pecar, el hombre es igualmente libre para arrepentirse y para buscar los caminos que lo lleven a no insistir en los pecados. Su salvación (la vida digna de ser vivida) no proviene primordialmente de su decisión de promover la justicia, sino de ser justo él mismo: ‘Y tú, hijo de hombre, di a los hijos de tu pueblo: La justicia del justo no le salvará el día de su perversión, ni la maldad del malvado le hará sucumbir el día que se aparte de su maldad. Pero tampoco el justo vivirá en virtud de su justicia el día en que peque./ Si yo digo al justo: “Vivirás”, pero él, fiándose de su justicia, comete la injusticia, no quedará memoria de toda su justicia, sino que morirá por la injusticia que cometió’(Ez 33,12-13).

La relación entre verdad e impunidad
Extrañado de consideraciones estrictamente teológicas, el tema de la impunidad (que difícilmente puede eludir reverberaciones religiosas) debe dar cuenta de su relación con la verdad. Si la acción contra la impunidad tiene como objetivo algún tipo de sanción a los responsables – individuales, grupales o institucionales – de determinados crímenes, la búsqueda de la verdad se propone, rigurosamente, llegar a entender cómo esos crímenes fueron posibles. La memoria ocupa un lugar de privilegio en esta relación entre verdad e impunidad: de ella, de la memoria, depende una y otra. No hay posibilidad de justicia si se tolera la impunidad. Pero no hay forma de arbitrar justicia sin una memoria que actualice y otorgue significación a los hechos. A esa memoria suele darse el nombre de ‘historia’. Sin embargo no son lo mismo. Más aún: la relación entre memoria e historia es conflictiva aunque no puedan dejar de evocarse, de confundirse, de negarse. No siempre la memoria retiene lo que la historia pone en evidencia. A veces lo recupera parcialmente; otras lo deforma. La memoria suele recordar acontecimientos que la historia jamás relató. La memoria no obedece, necesariamente, a la ‘verdad histórica’ registrada en documentos. En ocasiones, simplemente, la memoria se desinteresa de la verdad.3

El lugar que ocupa la llamada ‘cultura mediática’ y la expansión de las tecnologías informáticas agregan complejidad al análisis de estas relaciones. Sin el papel dominante que desempeñan los medios, sería difícil imaginar buena parte del actual escenario mundial en el que se multiplican las denuncias contra la impunidad y se demanda la condena de algunas personas acusadas de actos criminales contra la humanidad. El lugar de lo mediático adquiere tal magnitud, que puede llegar a confundirse la auténtica voluntad de justicia con el montaje espectacular que caracteriza a los medios en nuestra época y que responde a la lógica mercantil que preside su funcionamiento. ¿Cómo consolidar una memoria que alerte contra la impunidad en la absoluta fugacidad de la realidad mediática? Pero, ¿cómo pensarla en nuestro tiempo sin tomar en cuenta estas tecnologías que parecen concentrar la memoria del mundo?.

Refiriéndose a la verdadera pasión por la memoria que se instaló en Occidente en las últimas dos décadas del siglo veinte (particularmente en Europa y Estados Unidos), Andreas Huyssen sugiere la posibilidad de una nueva relación entre memoria y olvido.4 Después de verificar que para algunos críticos la contemporánea ‘cultura de la memoria’ está impregnada de olvido, Huyssen señala:
‘La acusación de amnesia viene envuelta, invariablemente, por una crítica a los medios, cuando son precisamente esos medios (desde la prensa y la televisión a los CD-Roms e Internet) los que día a día nos dan acceso a más memoria. ¿Qué sucedería si ambas observaciones fueran ciertas, si el boom de la memoria fuera inevitablemente acompañado por el boom del olvido? ¿Qué sucedería si la relación entre la memoria y el olvido estuviera transformándose bajo presiones culturales en las que comienzan a hacer mella las nuevas tecnologías de la información, la política de los medios y el consumo a ritmo vertiginoso?’5

La pregunta, por verosímil, es alarmante. ¿La impunidad y su contrario, la justicia, sufrirían las mismas modificaciones? Entre el espectáculo de la acusación y el juicio construido en la pantalla, y la búsqueda cuidadosa de que el crimen no quede impune ¿se confundirán los límites?. ¿Dónde encontrar la verdad? ¿Desde dónde nombrar la impunidad?

Las definiciones legales resultan insuficientes aunque tengan el atractivo intelectual de contener valores que, por vía de los acuerdos, se anuncian como universalmente aceptados.6 Las definiciones jurídicas recortan categorías organizadas de tal manera que no resultan contradictorias y tipifican delitos y responsabilidades para que los unos se correspondan con los otros sin que la ley deje lugar a la sospecha. Imaginariamente una norma de convivencia aceptada por todos, que castigara a quienes trasgredieran criminalmente las disposiciones, restauraría incesantemente la convivencia. Pero ¿sobre qué verdad podría sustentarse esa norma para que resulte aceptable y duradera? ¿Qué verdad podría soportar la embestida del relativismo que invade el planeta como un eco – o como una causa – de la insustancialidad que exige el espíritu de mercado? ¿Existen, realmente, verdades permanentes y universales o necesariamente son siempre ocasionales y derivadas de decisiones circunstanciales?

Algunas de estas preocupaciones son abordadas por Philip Lee en un trabajo publicado en 1997 y que tiene como eje una sutil diferencia en la transcripción de las palabras que habría pronunciado Pilatos frente a un Jesús que iba a ser condenado. En el Evangelio según San Juan, Jesús afirma: ‘Yo para esto he nacido/ y para esto he venido al mundo:/ para dar testimonio de la verdad./ Todo el que es de la verdad, escucha mi voz’ (18,37). La respuesta de Pilato admite dos versiones: ‘¿Qué es la verdad?’ o ‘Qué significa la verdad?’ De acuerdo a lo que señala Philip Lee, la primera se habría impuesto en la tradición británica a partir del ensayo de Francis Bacon Of Truth, publicado en 1601, cuyo comienzo dice: ‘Qué es la verdad?, preguntó Pilato mofándose; y no esperaría la respuesta.’7 La otra interpretación, en la misma línea semántica que ya se manifestaba en traducciones inglesas previas a Bacon, es tomada de The Original New Testament, publicado en 1985 y traducido del griego por Hugh J.Schonfield.

Entre el ‘qué es’ y el ‘qué significa’ se juegan dos maneras de aproximarse al tema de la verdad. Si la primera se recorta en un marco vinculado a lo ontológico, la segunda instala la posibilidad de que la verdad sea mirada como algo insustancial, lo que tal vez le hizo oir a Bacon un tono de mofa en la respuesta de Pilato. Pero, además de mofa, la respuesta, así traducida, también expresa una trágica voluntad de no saber: ¿qué hubiera ocurrido si Pilato esperaba a fin de escuchar la respuesta de Jesús? ¿Qué, si hubiera visto en él ‘la verdad’ y si, gracias a la respuesta, se hubiera convencido de que sin la verdad nada, ni la historia que estaba protagonizando, es posible? Lo trágico de la voluntad de ‘no saber’, ejercida por Pilato, radica en que su ‘descuido’ era necesario para que la verdad de Cristo viniera al mundo. Lo que tuvo que decir Pilato es que la disputa sobre el sentido de la verdad no tendría fin (como posiblemente no haya tenido comienzo). Pero que hay algo que se llama verdad. La verdad, antes que nada, como un acto de fe en las palabras. Un acto de fe que fundamenta la humanidad de los seres humanos. Fe en las palabras y palabras que dan fe de ‘reales presencias’, cuya garantía es Dios, en el decir de Georges Steiner. Verdad y no indefinida deriva de significaciones que, en el límite, sólo lleva a la nada. Sin alguna idea de verdad donde anclar nuestra mirada sobre el mundo, ninguna convivencia, ningún reconocimiento del otro como condición del ser de cada uno, sería posible. La humanidad sería lo que amenaza ser: una idea frustrada. La justicia, un vano desvarío.

Vuelvo a la Argentina. La lucha por la verdad, como en todas partes, es prioritaria. Un desafío en el que se juega el reconocimiento de cada uno en una historia común.8 En medio de la confusión, la pugna por la verdad – que incluye la voluntad de no olvidar y de no dejar impune lo que atentó contra la humanidad de lo humano – es, aún, un gesto esperanzado.

1. En el diario La Nación aparece la fotografía de un grupo de personas que protestan en el interior de un banco de la ciudad de Buenos Aires. Reclaman la devolución de ahorros efectuados en dólares y que, por disposición oficial, no sólo serán transformados en pesos nacionales sino que fueron ampliamente postergado los plazos para su recuperación. La escena posee algo de grotesco: un hombre de edad madura, con un silbato en la boca, parece hacer contorsiones de un extraño baile mientras algunas mujeres, también adultas, con los rostros desencajados, claman a viva voz (sus bocas están exageradamente abiertas) por sus derechos.

Algunos de los participantes que aparecen en la fotografía muestran carteles con la siguiente inscripción: ‘Puse dólares. Quiero dólares.’ Ante la imagen, en la que el grupo parece jugar su vida, no puedo dejar de evocar – de la tragedia a la comedia – a las madres que hace más de veinte años reclamaban por sus hijos desaparecidos y que empuñaban carteles que decían: ‘Con vida los llevaron, con vida los queremos.’

2. Esta y las otras citas bíblicas que aparecen han sido tomadas de la edición española de la Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1986.

3. Véase Héctor Schmucler, ‘Las exigencias de la memoria’, en Punto de vista, número 68, Buenos Aires, dic.2000

4. Andreas Huyssen, ‘En busca del tiempo futuro’, en Puentes (publicación del Centro de Estudios por la Memoria), número 2, La Plata, diciembre 2000.

5. Por otra parte y aunque esté inspirada por las mejores intenciones, ¿en qué se sustenta la exigencia – o la esperanza – de que los medios masivos de comunicación cumplan su papel de ser propagadores de la verdad? ¿Acaso este ‘deber ser’ está en su naturaleza? ¿No sería oportuno revisar ciertas ideas tributarias de la modernidad – y especialmente del capitalismo triunfante – sobre el papel iluminador que cumplen los medios masivos? Debería ser evidente que estas preguntas no intentar desconocer los enormes beneficios que han aportado y aún aportan los medios a la conciencia humana. Sólo pretendo llamar la atención sobre la necesidad de interrogarnos sobre el verdadero lugar que los medios han ocupado en la elaboración de nuestro mundo tal cual es y que – otra vez en el sendero de Walter Benjamín – puede ser visto como una incesante acumulación de ruinas.

6. De acuerdo a un informe de Naciones Unidas, citado por Charles Harper, ‘Overcoming impunity – reconciliation in Latin América’, Media Development, Londres, 3/1997, el concepto de impunidad comprende ‘todas las medidas y prácticas por las cuales los estados, por una parte, abandonan sus obligaciones de investigar, enjuiciar y castigar a los responsables de violaciones a derechos humanos y, por otra parte, impiden a las víctimas y sus familiares el ejercicio del derecho a conocer la verdad y la restauración de sus derechos.’ El alcance de la palabra impunidad – recuerda Harper – queda limitado a las violaciones de naturaleza grave, sistemática y masiva. Otro matiz adquiere desde el punto de vista de las víctimas y sus familiares, para quienes la impunidad se materializa en condiciones legales o en medios por los cuales las personas acusadas de crímenes contra la humanidad evaden la acusación, juicio y castigo por actos criminales cometidos con aprobación oficial en tiempos de guerra o de regímenes dictatoriales.

7. La traducción al español corresponde a Francis Bacon, Ensayos, Ed.Aguilar, Buenos Aires, 1980. En el texto de la Biblia de Jerusalén en español aparece: ‘Le dice Pilato: “¿Qué es la verdad?” Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos’ (Jn 18,38).

8. Lamentablemente no siempre la vocación de verdad es patrimonio de algunos movimientos vinculados a los derechos humanos. Sigue actuando, muchas veces, la fatídica convicción de que ocultar o deformar algunos hechos puede beneficiar la argumentación a favor de la justicia. El antiguo temor a ‘no dar armas al enemigo’ (que sirvió, en la práctica, para facilitar algunas de las peores ignominias de la historia contemporánea) lleva a quitar sustento o volver dudosas las causas más nobles. En todos los casos, sufre la verdad y, en consecuencia, la posibilidad de construir algo nuevo sustentado en la confianza. En la Argentina, 25 años después de producidos los hechos, se ignora el número de desaparecidos. El ocultamiento de los datos es otro de los graves delitos de los represores. Sin embargo no contribuye a su esclarecimiento la repetición de que alcanzarían a 30.000, cuando no existe ningún indicio que pudiera demostrarlo. Pareciera que si la cifra llegara a menos de la mitad – como resulta probable – se aminorara la significación y el horror del crimen. En el mismo sentido sería pertinente analizar la conducta de un sector de las ‘Madres de Plaza de Mayo’. La intransigente búsqueda de sus hijos desaparecidos, que repercutió en el mundo entero, fue cambiando de signo para transformarse – en disputa con otras integrantes del mismo movimiento – en un grupo político que reinvindica los postulados y las acciones de sus hijos como militantes guerrilleros de los años 1970.

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