En enero de 1999 un terremoto destruyó casi por completo la zona del eje cafetero colombiano, lo cual puso en marcha un modelo de intervención sui géneris de reconstrucción en casos de desastre: el gobierno colombiano atendió el desastre a partir de la colaboración Estado y ONGs de todo el país, a través del Fondo por la Reconstrucción.
El modelo, interesante desde la perspectiva de la colaboración público-privado en la atención de situaciones de emergencia, suscitó otra serie de intervenciones para calibrar la participación de la ciudadanía de las localidades afectadas en el propio proceso de reconstrucción. Lo que sucedió es que ONGs dedicadas a la construcción de viviendas y en general a la atención de los múltiples aspectos que planteó el desastre, eran de otras ciudades del país que no estaban articulando de manera convincente a los ciudadanos al proceso de la reconstrucción. De este modo, en la percepción de los ciudadanos se configuraron dos instancias de exclusión: la de los agentes oficiales de la reconstrucción que se alimentó con la idea de nuestra ciudad reconstruida por otros y la de la falta de consulta y de participación abierta de la ciudadanía.
A pocos meses de iniciado el proceso, los ciudadanos empezaron a expresar sus quejas sobre la exclusión de la que estaban siendo objeto por los actores de la reconstrucción y por tanto desde el Grupo de Investigación en Comunicación Urbana emprendimos un proyecto de periodismo público para promover el debate y la participación de la gente del común en la ciudad de Armenia. El proyecto se llamó Voces Ciudadanas por la reconstrucción y contempló todo un proceso de preguntas abiertas a la ciudadanía, grupos de discusión, encuesta y construcción de Agenda Ciudadana. Esta modalidad de periodismo público se basa en un modelo comunicativo que tiene los siguientes elementos:
1. Un tema público polémico, un asunto que esté por ser resuelto
2. Diseño de una estructura de debate público mediático
3. Preguntas abiertas a la ciudadanía
4. Análisis de tendencias de opinión
5. Encuesta de pregunta abierta
6. Grupos de discusión con los ciudadanos
7. Construcción de Agenda Ciudadana
Aunque el propósito central del proceso de debate y deliberación pública estuvo orientado hacia el logro de la Agenda Ciudadana de la Reconstrucción, la búsqueda se centró en tres momentos: la ciudad -desastre, la ciudad-memoria y la ciudad reconstruida. Alrededor de esos tres momentos es posible rastrear cómo la ciudadanía vivió la tensión entre la demanda de reconstrucción y protección por parte del Estado en una perspectiva que se acerca más a la mirada paternalista de la clásica mirada liberal del Estado como responsable de la reconstrucción (sujeto de derechos) y su tránsito hacia una actitud más participativa por parte del ciudadano, generada justamente por el proceso de exclusión del que estaba siendo objeto, que sería excesivo formular como un tipo de ciudadano republicano cívico, pero que indudablemente representó un modo en que el individuo fue llevado por la tragedia, pero especialmente por el sistema de exclusiones del proceso de reconstrucción, al espacio público.
El contexto sociopolítico de la zona de desastre nos habla del predominio de una mentalidad premoderna, cuyas raíces se visibilizaron con el terremoto, marcada por las relaciones clientelistas –sistema de favores que desactivan lo público- de las cuales no escapaban los propios medios de comunicación. En el entendido de que la comunicación es un elemento central en un proceso de emergencia colectiva, los medios locales en lugar de estar al servicio de la causa de la reconstrucción y de constituirse en catalizadores de propuestas que favorecieran lo colectivo, entraron en la puja por conseguir recursos para mejorar las condiciones técnicas de producción, solicitando entre otras cosas consolas de radio y manejo directo de recursos económicos, es decir, a nombre de un supuesto bien público agazaparon el uso privatista de fondos de naturaleza pública.
A lo largo de todo el proceso, sin embargo, es importante analizar la manera en que los ciudadanos enfrentaron un sinnúmero de contradicciones, sin unos medios ni una clase política que pudieran representar adecuadamente sus intereses, lo cual los catapultó de forma improvisada a irrumpir por ellos mismos en el espacio público.
El primer sentimiento ciudadano frente al terremoto fue el miedo vinculado a la incertidumbre sobre la situación de los familiares, aún por encima de la propia seguridad. En segundo lugar, apareció el miedo a las pérdidas físico-materiales y a la destrucción misma de la ciudad. El descubrimiento de que no solamente había sido su ámbito privado el que había sido destruido, sino también los grandes íconos locales representados por las iglesias, los edificios de gobierno y las escuelas, generó en la ciudadanía una sensación generalizada de indefensión.
En los días posteriores el principal temor era frente a las réplicas del sismo y en segundo término a cómo sobrevivir sin vivienda, ni comida, expuestos a la lluvia, en la noche y con la sensación de inseguridad, esta última estimulada por las imágenes de los medios mostrando hechos aislados de vandalismo por parte de personas que aprovecharon las circunstancias para atracar.
La mayoría de las preocupaciones ciudadanas de los primeros días, no obstante, podemos situarlas como individuales. De forma secundaria aparecen las solidaridades primarias (Garay(1)) y en tercer término una aproximación a lo que podrían ser las solidaridades abstractas, la preocupación por los otros y la destrucción misma de la ciudad, propias de un tejido más colectivo.
Lo que en principio le permitió el terremoto a los ciudadanos fue valorar más asuntos de orden privado: la familia, los amigos, volverse más creyentes en lo religioso y solamente sólo en último término tener conciencia de ciudad. Después del terremoto los ciudadanos percibieron una mejoría en sus relaciones interpersonales. Se percibieron como más unidos, más solidarios y más amables. Las principales transformaciones se dieron pues en el plano de lo privado y se traducen en el ejercicio de las solidaridades de tipo primario, condición necesaria pero no suficiente para la construcción de tejido sociopolítico.
Mientras las relaciones familiares y de amistad parecerían haber mejorado, la percepción sobre las instituciones oficiales se deterioró notablemente: Concejo Municipal, Asamblea Departamental, Gobernación y Alcaldía no estaban presentes ni habían cumplido con sus funciones frente al desastre. El hilo entre la sociedad y el Estado estaba roto. Los ciudadanos empezaron a comprender que todo debía mejorar a partir del tejido asociativo, de las relaciones entre miembros de una comunidad antes no muy bien delineada, pero ahora a pesar de difusa por el contexto de la devastación, más fuerte que antes en razón de la percepción de un problema que a todos los afectó.
En relación con la ciudad-memoria, las pérdidas más notorias fueron las vidas humanas, la vivienda y las instituciones educativas. Entre las pérdidas físicas después de la vivienda, identificaron de manera muy insistente los sitios públicos como el centro, el departamento de bomberos, la Alcaldía, la Galería (mercado popular, símbolo de una sociedad pueblerina que comercia los productos del campo), la Universidad del Quindío, y de modo particular las iglesias, concebidas como espacio de reunión de los ciudadanos y lugares “en donde se podía estar tranquilos”, además de considerarlas patrimonio arquitectónico.
Otro terreno de las pérdidas se sitúa más en el plano de la autoestima y se le verbalizó como la inestabilidad emocional y económica, la sensación de retroceso en relación con el progreso, la identidad, el tejido social y las esperanzas de futuro.
En el orden económico, el resquebrajamiento del modelo económico basado en el monocultivo del café hizo parte del repertorio de recuerdos más afectado por el terremoto. Lo que el desastre le permitió a un sector de la ciudadanía fue cuestionar casi por primera vez lo que parecía incuestionable, visibilizar ante los demás su incipiente discurso político sobre las opciones para el desarrollo de la región, sin temor a ser considerados como personas contrarias a los valores ancestrales de la zona.
Esta tensión entre la tradición y la modernidad empezó a hacerse cada vez más evidente. La fuerte tradición de los recolectores de café, hombres y mujeres campesinos que de generación en generación se dedican al cultivo y la cosecha del café, hablan de una cultura raizal, poco permeada por los valores de la modernidad, marcada por relaciones de tipo prepolítico que indudablemente afectaron el proceso de reconstrucción por lo que ya se mencionó acerca de una clase política promotora de relaciones clientelistas y unos medios de comunicación insertos en este sistema de favores.
Esta ciudadanía ligada a las actividades de cultivo del café, ya desde antes del terremoto estaba empezando a ser contrastada por una incipiente actividad comercial,(2) pero no de modo suficientemente contundente como para atreverse a colectivizar esa sensación de que la vocación definitiva de la ciudad no debería seguir anclada a la economía del café. Fue el terremoto lo que permitió dejar al descubierto no solamente las fundaciones de los edificios y las raíces de los árboles sino la fragilidad de esa apuesta económica en medio de la inestabilidad de los mercados internacionales.
Esta tensión hizo evidente un movimiento de aspiración a la modernidad, al cambio de paradigmas, a una visibilización más fuerte del interés público, de momento identificado con la necesidad de salir adelante ante la tragedia. Los investigadores percibieron un desgarramiento interior, una tensión entre lo que ya no eran y lo que no habían llegado a ser. En últimas, uno de los cuestionamientos fuertes fue hacia su propia identidad que como todo proceso de identidad se construye en la diferencia con el otro, en este caso contrastada con la de todo el país, empezando por una labor más modesta –compararse con las ciudades vecinas- y tomar partes del resto del país como referencia de lo que querían ser.
Por la exclusión de que habían sido objeto los ciudadanos en el proceso de la reconstrucción, en la jerarquización de aspiraciones, la participación ciudadana subió a los primeros lugares. El 78% de los ciudadanos calificó como negativo el proceso de reconstrucción, por lento y particularmente porque lo percibieron como un proceso muy burocrático y del cual dieron poca información para la ciudadanía. El 67% dijo no haber sido tenido en cuenta como ciudadanos en la reconstrucción.(3)
Sin abandonar su agenda de necesidades básicas, dos movimientos tuvieron lugar:
1. Un nuevo tipo de solidaridad se empezó a gestar en medio del proceso de la reconstrucción, que se tradujo en el paso de las solidaridades primarias muy propias de la gente del eje cafetero, a solidaridades de tipo más abstracto ante la transversalidad de la tragedia. Es posible que esto no se pueda identificar con mucha nitidez, pero sigue siendo motivo de reflexión si la relación de vecinos marcada por esas solidaridades primarias fue haciendo el tránsito hacia las relaciones con los ciudadanos, de tipo más anónimo sin que ello impida entender en ese nuevo otro sus necesidades y la posibilidad de afrontar colectivamente sus problemas.
2. La construcción colectiva del nuevo imaginario de ciudad. Esta ciudad, como tantas otras en el país, creció de forma algo desordenada en torno a un eje indudablemente rural, pueblerino, con casas-fincas, iglesias tradicionales y una mentalidad parroquial.
Pero desde la modernización de las ciudades colombianas que se inició en los años 50, fue configurándose una ciudad que comenzó a adicionar elementos modernizadores como grandes edificios, nuevos conjuntos residenciales y un mayor desarrollo de la vialidad para albergar al nuevo parque automotor, además de una mayor conciencia del turismo montada a partir de grandes parques como el del Café, dedicados a mostrar lo propio de la zona. La mayoría de los ciudadanos respondió que no quería una nueva Armenia igual que la anterior. Básicamente le incorporarían más vías, la harían como una ciudad más moderna (menos pueblo), con más parques y zonas verdes, con una vocación más orientada hacia el comercio, sitios para la recreación y la cultura, bibliotecas y centros educativos. En este catálogo, la principal prioridad, no obstante, era la vivienda (67.66%), instituciones educativas (43.41%) y generación de empleo (18.29%).(4)
El resultado de estos procesos fue un modelo híbrido de ciudad que podríamos denominar pueblo-ciudad y una deuda pendiente: la modernidad como nuevo paradigma de pensamiento, la secularización de la cultura y la politización de las relaciones de la ciudadanía con los poderes.
Cuando llegó a Armenia el proyecto Voces Ciudadanas ya se estaba dando una mayor politización de la ciudadanía en la línea de participación en un nuevo sentido de lo público, plagado de contradicciones, sin eco en la clase política empeñada en favorecer sus intereses electorales y con unos medios de comunicación basados en los patrones de la información tradicional, que no entendieron, hasta el final de la reconstrucción, que hablar del terremoto, sus víctimas y el proceso de la reconstrucción no tenía qué ver con la forma tradicional de un periodismo informativo que además no era muy profesional, estaba hecho por personas empíricas o profesionales absorbidos por un medio periodístico a su vez pre-moderno.
Dos proyectos de comunicación cuestionaron esa mirada rancia, imitadora de un periodismo de la primicia y el estatus del periodista que no está al servicio de la sociedad sino que se siente una clase especial de ciudadano que se codea con el poder y recibe de él favores de vez en cuando. Esos dos proyectos fueron Voces Ciudadanas, en la modalidad de periodismo público y el proyecto de Comunicación Pública que desde esa institucionalidad Estado-ONGs apostaron por una reconstrucción democrática de la ciudad atendiendo a procesos más profundos relacionados con la participación ciudadana, las identidades y la colectivización de un nuevo sentido de lo público.
De lo que nos hablan estos dos proyectos es de una comunicación concebida como escenario de encuentro y de construcción de nuevos imaginarios colectivos, con la inclusión por primera vez de sectores que habían sido tradicionalmente excluidos. La dificultad mayor fue justamente no poder trabajar con la dimensión masiva porque los periódicos y las emisoras de radio estaban plegadas a intereses de los politiqueros.
El proyecto de Voces Ciudadanas fue el que más padeció este modelo y tuvo que contar con esos periodistas tradicionales y al mismo tiempo abrir una nueva brecha de trabajo acercándose de forma creativa a la ciudadanía, yendo a los cambuches (tiendas en donde estaban los albergues temporales de vivienda para los que habían quedado sin techo), preguntando, interpelando a la gente en diferentes espacios públicos de la ciudad.
Por su parte, el proyecto de Comunicación Pública tuvo que crear sus propios medios, emisora y periódico, y dedicarse a la producción de otro tipo de periodismo y de otro tipo de comunicación, apelando por ejemplo a la radionovela para colocar temas de agenda colectiva y situar el nuevo rol de los ciudadanos en el proceso de la reconstrucción, al tiempo que le apostaba a la construcción de un nuevo sentido en las relaciones entre los agentes encargados formalmente de la reconstrucción y la ciudadanía.
Así, a través del proyecto de Voces Ciudadanas la gente del común construyó su propia agenda para la reconstrucción, la cual se visibilizó no solamente en los medios de comunicación locales, sino en un periódico de carácter nacional editado en Bogotá (El Espectador) y se entregó en un acto público al que asistió el líder del proceso articulador del Estado y las ONGs. Esa agenda tuvo un impacto directo en la Gerencia de Comunicación del Fondo de la Reconstrucción (FOREC), que a partir de ahí y dado que su permanencia en la zona iría hasta el final del proceso, se encargó de volver transversales las demandas ciudadanas a todas las estrategias comprometidas en la reconstrucción. En este caso se puede considerar que el periodismo público contribuyó de alguna manera al desarrollo de tres expectativas ciudadanas:
1. La inclusión de la gente del común en la reconstrucción
2. El debate sobre una nueva identidad ciudadana más partícipe en el espacio público.
3. Una nueva identidad de la ciudad.
Finalmente la reconstrucción siguió afrontando algunas contradicciones, pero lo cierto es que en su momento, quizás el más grande conflicto obedeció a la falta de un tejido comunicativo que fue abordado a partir de Voces Ciudadanas y el proyecto de Viva la Ciudadanía de manera coherente y en el horizonte de la producción de una comunicación democrática.
Notas
1. Garay, Luis Jorge. Repensar a Colombia. Hacia un nuevo contrato social. Bogotá. PNUD-ACCI. 2002. Capítulo 2. Garay identifica las solidaridades primarias con las ayudas interpersonales del tipo vecinos, es decir con gente que se conoce, y las solidaridades abstractas como aquellas que llevan al ciudadano a participar en la solución de problemas, desinteresado de su situación personal e interesado por la situación de otros a quienes no se concoce.
2. Incipiente en relación con dos ciudades vecinas como Pereira y Manizales.
3. Encuesta Voces Ciudadanas por la Reconstrucción, Armenia, junio de 1999. Universidad Pontificia Bolivariana. Grupo de Investigación en Comunicación Urbana. Medellín . Colombia.
4. Encuesta Voces Ciudadanas (ibid.).
Ana María Miralles es directora del Grupo de Investigación en Comunicación Urbana, Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, Colombia.