Alejandro Alfonzo
‘Que las generaciones que llegan a un paso de nosotros no nos acusen de silencio cuando tan perentoria es nuestra voz. En pie de paz, infatigables en la resistencia, a favor de la democracia auténtica. Que nunca puedan decirnos: ‘Esperábamos vuestra voz. Y no llegó’. El silencio puede llegar a ser delito.’ (Federico Mayor Zaragoza)1
Como ha sido planteado de manera reiterada, por la UNESCO y la ONU, la ausencia de guerra no es condición suficiente para ganar y mantener la paz: es necesario atender otras causas que también son caldo de cultivo para otros tipos de violencia, destrucción y muerte, que al igual que los conflictos bélicos entre naciones, constituyen un grave atentado a la libertad, a la seguridad y a la dignidad del ser humano.
Entre tales causas están la pobreza, la intolerancia, la discriminación, la desigualdad, el desempleo, la exclusión, la carencia de justicia, la violación de los derechos humanos, la falta de oportunidades para que muchos tengan acceso al conocimiento, al trabajo, a la salud, a una vivienda decente y a expresar libremente sus ideas, practicar su fe religiosa o manifestar su condición de no creyente así como ejercer sin temor el derecho a disentir del criterio oficial.
Ello es lo que se deriva del concepto Cultura de Paz, que como parte de su misión fundamental, propuso y promovió la UNESCO como el conjunto de ‘valores, actitudes y conductas que plasman y suscitan a la vez interacciones e intercambios sociales basados en principios de libertad, justicia y democracia, todos los derechos humanos, la tolerancia y la solidaridad, que rechazan la violencia y procuran prevenir los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación, que garantizan a todos el pleno ejercicio de todos los derechos y proporcionan los medios para participar plenamente en el proceso de desarrollo de su sociedad’.
Esta línea de acción se vio fortalecida y complementada por las resoluciones de la ONU sobre el Decenio de las Naciones Unidas para la educación en la esfera de los derechos humanos: hacia una Cultura de Paz’ (febrero de 1996); el Decenio Internacional 2001-2010 de una Cultura de Paz y no violencia para los niños del mundo (noviembre de 1998); y la Declaración sobre una Cultura de Paz (septiembre de 1999).
Al analizar la definición de Cultura de Paz,2 destacamos, en primer lugar, su marcada vocación a favor de la democracia y los derechos humanos como esencia de la paz, así como su vinculación con el desarrollo; y, en segundo lugar, la capacidad para la comunicación que ella posee en dos sentidos: primero, que sus contenidos son comunicables; segundo, porque su concreción y operatividad, implican necesariamente procesos de comunicación.
En efecto, la Cultura de Paz apuesta a la participación de los ciudadanos en la negociación, la concertación y la solución de los conflictos que surgen en toda interacción social, ámbitos éstos donde la comunicación es fundamental, pero además, donde ella facilita precisamente aquella participación y el involucramiento de los miembros de las comunidades en la búsqueda y consolidación de la paz, la democracia y el desarrollo.
Esta conducta forma parte del ejercicio de su ciudadanía, dimensión societal como la denomina Pierre Rosanvallon, ‘que no puede ser definida simplemente por el derecho a votar y la garantía de contar con la protección de libertades individuales’, sino que se caracteriza ‘por la existencia de un mundo común’.3
Avances y retrocesos en la búsqueda de la paz y la consolidación de la democracia en América Latina
Hay que registrar los notables éxitos en las dos últimas décadas para rescatar las libertades y el Estado de Derecho, en Chile, Perú, México y en Centroamérica. Los partidos políticos y los gobiernos, así como la sociedad civil, organizaciones de las Naciones Unidas y agencias nacionales de cooperación, protagonizaron capítulos importantes para concretar aquellos fines. Mediante cuidadosos mecanismos diplomáticos, el diálogo permanente entre las partes y acuerdos presidenciales como los de Esquipulas en 1987, se emprendieron las gestiones y negociaciones que todos estos procesos demandaron.
En materia de convenios y declaraciones refrendadas al más alto nivel de los Estados Latinoamericanos, los logros también han sido positivos pues tales textos además de ser cuantiosos, contienen definiciones precisas y análisis acertados de la realidad continental, ratifican el compromiso con la paz, el desarrollo y la democracia, y establecen principios e incluso líneas de acción para hacer factibles aquellos compromisos.
Buenos ejemplos son los documentos finales aprobados por las cumbres iberoamericanas y las americanas; la Declaración de Managua para la Promoción de la Democracia y el Desarrollo (1993), el Tratado Marco de Seguridad Democrática en Centroamérica (diciembre de 1995); y la Carta Democrática Interamericana, (Lima, 11 de septiembre del 2001).
Ahora bien, si como expresado la paz es un hecho integral y no sólo la ausencia de guerras, durante las últimas décadas en América Latina hemos vivido más bajas que altas en la lucha para alcanzar a aquella. Esto se agrava por un déficit en el quehacer para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y los de Educación para Todos (EPT).
La democracia en varios países latinoamericanos está amenazada en virtud de la acumulación de desatinos que han provocado ingobernabilidad, un sistema judicial poco confiable, ineficiencia para atender las necesidades sociales en particular las de los más pobres, además de diferentes formas de corrupción y el deterioro de instituciones claves como los congresos nacionales, asambleas legislativas y los gobiernos locales.
Todo ello empeorado por el debilitamiento o desaparición de los partidos políticos, la disminución de la fe democrática, el resurgimiento del militarismo como opción política y ya en ejercicio de gobiernos autoritarios. Los casos de Ecuador (2003 – 2005) y Venezuela (desde 1999 hasta la fecha) son una demostración de ello.
La integración latinoamericana sigue siendo en buena parte un histórico proyecto que aún aguarda su concreción y que ha permanecido invisible en términos sociales y culturales sin una percepción por parte de la gente acerca de su real utilidad y de cómo el proceso afectará su cotidianidad y contribuirá a la paz y al desarrollo.
En lo social, la realidad es desalentadora como bien lo resume Bernardo Kliksberg, asesor del PNUD, al observar que en la región la población urbana significa ya el 75% de su total de habitantes y de esta cifra, el 50% vive en tugurios en Belice, Bolivia, Guatemala, Haití, Nicaragua y Perú. Este hecho hace a esos segmentos de personas, vulnerables en múltiples planos y crea serios riesgos.
En efecto ‘se estima que 60 millones carecen de agua potable, 120 millones no tienen instalación sanitaria, y los que tienen agua la encuentran altamente contaminada, porque las aguas servidas de 210 millones de latinoamericanos se descargan sin tratamiento’.4 Este diagnóstico se agrava aún más al advertir, como lo hace el Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, que nuestra región no es la más pobre del planeta pero sí la más desigual.
Algunas cifras e interesantes reflexiones, complementan acertadamente esta visión del Secretario General. Primero, el 40% situado en el extremo inferior de la estructura de distribución capta apenas un 14% del total del ingreso, en circunstancias que el 10% más rico concentra en promedio un 36% de los recursos. Segundo, la pobreza y desigualdad están asociadas a discriminación; y, tercero, ‘la frustración causada por el contraste entre la desigualdad y la exclusión, de una parte, y el crecimiento económico experimentado así como el mejoramiento de la calidad de vida prometido pero no materializado, de otra, sientan las bases de una posibilidad de conflictos y turbulencias en la región’.5
La reducción, negación o condicionamiento de la libertad de expresión y de la libertad de prensa y el libre acceso a la información pública son un hecho en varios países de la región. Más grave aún es el asesinato de periodistas y demás medidas intimidatorias contra los medios de información, incluyendo el cierre arbitrario de estaciones de radio y de TV. Todo ello evidencia la debilidad del estado de Derecho. A estas limitaciones hay que añadir, la existencia de monopolios y oligopolios en la gestión de medios de información y de las telecomunicaciones.
Asunto de cuidado y pese a la reducción de los ejércitos, es el aumento sustancial de las inversiones en armamentos y equipos bélicos. Según el informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), la mayoría de los países de América Latina, sobre todo Venezuela, elevaron en el 2006 los presupuestos de Defensa.6 En el caso venezolano puede explicarse – no justificarse – por la influencia y orientación militar que su gobierno representa, que se resume de manera patética en la consigna oficial ‘socialismo, patria o muerte’, alternativa contraria a la Cultura de Paz, la no violencia y el pluralismo.
Reivindicar experiencias pero también aprender de ellas
Los programas y proyectos para promover la paz y el propio concepto cultura de paz desde su lanzamiento por la UNESCO y la ONU, lograron impactar a distintos sectores particularmente en América Latina. La declaratoria del 2000 como Año Internacional para una Cultura de Paz, aprobada por las Naciones Unidas en noviembre de 1997 y el Manifiesto 2000 por una Cultura de Paz y No Violencia, son ejemplos de aquellas acciones, pero que no fueron suficientes para provocar una movilización ciudadana, mantener el interés y entusiasmo inicial y ejercer presión en los gobiernos para que actuaran de manera coherente con los compromisos asumidos.
En el campo de la comunicación no hubo propuestas oficiales para una estrategia internacional – con sus versiones regionales – que facilitara la inserción de la Cultura de Paz como objetivo de programas de desarrollo, particularmente en la educación, y como vía para la apropiación de ella por los grupos sociales. Incluso, tal estrategia era fundamental para integrar a la población en los análisis acerca de los orígenes de la violencia y en particular, para dar mayor consistencia al enfoque de la paz como algo más que la ausencia de guerras.
En América Latina, las iniciativas se centraron en el trabajo con la prensa, la radio y la televisión debido por una parte, a la limitada visión que aún persiste de que los medios de información definen a la comunicación; y por la otra, que en todos los documentos tanto de Naciones Unidas y de los órganos de cooperación como los aprobados por las cumbres presidenciales al tratar sobre el conocimiento y aprehensión social de los valores de la democracia, la paz, el desarrollo siempre le asignaron responsabilidades a los medios, lo que fue un planteamiento correcto pero incompleto al fallar en el tratamiento de la comunicación en su dimensión integral indispensable para conseguir ‘los cambios de conocimientos, valores, actitudes y comportamientos’ que demandan la Cultura de Paz.
Ahora bien, aún cuando estos proyectos limitados a lo mediático no alcanzaron en muchos casos sustentabilidad, sí dejaron positivas experiencias acerca de las posibilidades de sinergias para que los proyectos y tareas de paz entren en la agenda de los medios. También se avanzó en la exploración de los contenidos de violencia así como la manipulación de las noticias en tiempos de conflictos.
Algunos ejemplos de tales realizaciones y buenas prácticas, promovidas por la UNESCO, el PNUD y organizaciones de la sociedad civil y de periodistas, fueron: La Red de Diarios de América Latina para una Cultura de Paz (REDIPAZ), que se constituyó en Panamá en octubre de 1998, y la Red Latinoamericana de Radios para una Cultura de Paz (RADIPAZ), fundada en México en agosto del 2000.
En 1999, en Puebla, México tuvo lugar el Encuentro de Editores y Directores de Periódicos de América Latina para una Cultura de Paz, uno de cuyos resultados fue la Declaración de Puebla, que marcó un punto de partida para involucrar en forma significativa a destacados medios de información, así como a sus directivos y periodistas, en el tema cultura de paz.
Un buen ejemplo de esto, lo constituyó la iniciativa de los directores de periódicos de Ecuador y Perú, que se reunieron en Lima en noviembre de 1997, con el propósito expreso de ‘estrechar las relaciones y amistad entre los medios de comunicación de ambos países’ y redactar la Cartilla de Prensa por la Paz y la Transparencia Informativa, sin duda un valiente texto que entre otros puntos, resalta la responsabilidad de los diarios para orientar a sus lectores mediante la difusión de información confiable acerca del diferendo de límites entre los dos países.
Otras iniciativas de no menor importancia fueron las desarrolladas por organizaciones no gubernamentales en varios países de la región, entre ellos Brasil, México, Perú, El Salvador, Guatemala y Colombia. En este último cabe resaltar las tareas del PNUD y en particular, las acciones del diario El Tiempo de Bogotá y la asociación Medios para la Paz.
En el 2005, el PNUD y el diario La Prensa Gráfica de El Salvador, desarrollaron un proyecto pionero en Latinoamérica, para mejorar la calidad periodística en el manejo de la violencia. El resultado fue un manual interno para el debido y cuidadoso tratamiento del tema, en cuya confección participaron tanto los directivos como los periodistas del diario.
Sugerencias de bases para el diseño de una estrategia regional de comunicación para el desarrollo de la democracia y la paz
No es posible en este espacio hacer un amplio planteamiento para el diseño, preparación, ejecución y términos de evaluación de una estrategia de comunicación con todos sus elementos que la hagan eficaz en su ejecución. La propuesta será entonces modesta y sólo aspira a aportar elementos para la discusión y el debate, incluyendo: (a) la necesidad de que se tenga una estrategia adecuada, (b) tomar en consideración las experiencias y aprender de los errores y fallos que a lo largo de estos años se han cometido en la región en el deseo de ganar la paz y la democracia, (c) que el enorme cometido de dar ‘visibilidad como asunto prioritario de la agenda pública’ a la cultura de paz y lograr la movilización general requiere del esfuerzo militante de todos para como plantea Federico Mayor estar en pie de paz, infatigables en la resistencia, a favor de la democracia auténtica, advirtiendo que la conducta de guardar silencio ahora ‘puede llegar a ser delito’ y, (d) que tal participación de la población en la toma de decisiones inherentes a la paz y el fortalecimiento de la democracia ‘sólo es posible proporcionando a las personas información, incentivos y canales de intercomunicación para diagnosticar problemas y plantear soluciones. El desarrollo de la autoexpresión, el diálogo, el aprendizaje y la construcción conjunta del conocimiento, así como el dominio de habilidades y destrezas, se dan fundamentalmente por procesos comunicativos. Esta es, en efecto, la esencia de la Comunicación para el Desarrollo.’7
Los siguientes temas, podrían entre otros muchos, contribuir a la definición de los objetivos y acciones esperados de dicha estrategia:
1. Retomar el paradigma de la cultura de paz y el derecho humano a la paz. En beneficio de esta idea se debe sacar el máximo provecho de todo lo actuado, en particular por el sistema de las Naciones Unidas y las alianzas de parlamentarios, maestros, científicos, iglesias, alcaldes, dirigentes culturales, que surgieron en Latinoamérica al calor de la novedad del concepto Cultura de Paz. Por otra parte, se debe relanzar la tesis del Derecho Humano a la Paz, que planteó Federico Mayor en 1997 como Director General de la UNESCO y que hoy es una tarea aún más perentoria. Entonces Mayor observó que a partir de 1948 nuevas generaciones de ‘derechos’ se habían incorporado pero, agregó, la necesidad de añadir ‘el que los condiciona a todos: el derecho a la paz, el derecho a vivir en paz! Este derecho a nuestra soberanía personal, al respeto a la vida y a su dignidad’.8
En este marco es necesario identificar determinados factores coyunturales y probables aliados. Es así como el 2009 y el 2010 se convierten en años simbólicos, pues en el primero se cumple una década de la Declaración sobre una Cultura de Paz y en el segundo, concluye el Decenio Internacional 2001-2010 de una Cultura de Paz y no violencia para los niños del mundo. Estos podrían ser tiempos para convocar al análisis y evaluación de lo actuado. En tal sentido ha de resultar de gran valor acompañar los esfuerzos de instituciones como la Fundación Cultura de Paz, con sede en Madrid que en el 2005 preparó y entregó al Secretario General de las Naciones Unidas, un informe mundial sobre la cultura de paz. Este documento representa el trabajo de más de setecientas entidades de todo el planeta. Por otra parte la Fundación ha redactado y lanzado el Manifiesto a favor de la Vida, de la Paz, la Igualdad.
2. Procurar la mejora de las percepciones mutuas entre países de la región mediante nuevos ejercicios de acercamiento y relación permanente de la sociedad civil. En tal contexto es relevante el fortalecimiento de los parlamentos subregionales, del PARLATINO y de las asociaciones regionales de alcaldes. En esta acción los medios de información también pueden jugar un papel proactivo, pues bien es sabido que imágenes negativas sobre el vecino ‘se cuelan’ en informaciones, programas y reportajes los que pueden contribuir a soliviantar ánimos y a nutrir prejuicios. Hay en la existencia de imágenes – reales o irreales – sobre los países vecinos, apunta Germán Rey, un fuerte dinamismo simbólico que ‘se pasea por entre las fronteras, que a la vez que define, predispone’. Muchas veces, concluye Rey, ‘son estas atmósferas las que generan los contextos desde los que se leen las relaciones y sobre todo, los conflictos fronterizos’.9
3. Impulsar el tratamiento de los temas inherentes a la paz y el fortalecimiento de la democracia como asuntos de interés público debe ser objetivo de la estrategia de comunicación. Se impone sacar el debate a la calle y hacer de los problemas de la paz, de la gobernabilidad y del desarrollo, asuntos públicos, es decir, que nos concierne a todos. La Cultura de Paz debe asumirse como una preocupación colectiva y no sólo de especialistas y gobiernos. Naturalmente que estas acciones requieren como condición la libertad de expresión y sus corolarios la libertad de prensa y el libre el acceso de los ciudadanos a la información pública.
Notas
1. Federico Mayor Zaragoza, ex Director General de la UNESCO y presidente de la Fundación Cultura de Paz. Delito de Silencio. Madrid, noviembre 2006.
2. La expresión Cultura de Paz fue concebida por el sacerdote jesuita Felipe E. McGregor, de Perú.
3. Pierre Rosanvallon: La dimensión social y nacional de la democracia: hacia un marco de comprensión ampliada. En La Democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanos y ciudadanas. El debate conceptual sobre la Democracia. Publicación del PNUD, 2004. Pág. 194 (Edición electrónica)
4. Bernardo Kliksberg: Tugurios, una situación explosiva. Artículo en la edición electrónica del diario El Universal, Caracas, 29 de agosto del 2007
5. José Miguel Insulza, Desafíos para América Latina y el Caribe. Una mirada en la perspectiva de la Quinta Cumbre de las Américas. OEA. Washington D.C. Mayo, 2007. Pág.15. Versión electrónica.
6. Nota de la agencia EFE reseñada en El País.com. Edición del 3 de junio del 2006
7. A Alfonzo, LR Beltrán, J Díaz Bordenave, M Medina y JL Exeni: La comunicación como instrumento al servicio de la educación para todos: bases para una estrategia. Proyecto UNESCO. Panamá, febrero del 2001. Versión electrónica. Pág. 14
8. Federico Mayor: El Derecho Humano a la Paz. Declaración del Director General de la UNESCO. París, enero de 1997. Versión electrónica. Pág. 6
9. Germán Rey. Trabajo preparado para la UNESCO y presentado en la reunión Centroamericana, ‘Diferendos limítrofes y desacuerdos fronterizos: ¿Pueden también los medios de comunicación atenuar las tensiones entre los países? Panamá, 6/7 de septiembre del 2004. Mimeo.
Alejandro Alfonzo es especialista en comunicación y Ex Consejero de Comunicación e Información de la UNESCO para América Latina. aalfonzo@aol.com