Acción y reflexividad: Pensar la sociedad de la información

Rossana Reguillo

‘…Los desplazamientos [del capitalismo] contribuyen también al desmantelamiento de la crítica tornándola inoperativa, lo que ha causado la descalificación de las instancias dotadas de un contrapoder a los ojos de los mismos que esperaban de ellas defensa y protección…’

Boltanski y Chiapello

Las tecnologías de la información ocupan hoy un lugar prioritario en las agendas locales y globales. Objeto de tematizaciones diversas que van desde los intereses y estrategias económicas para su control hasta las esperanzas en ellas depositadas como instrumentos de empoderamiento ciudadano y democratización de las sociedades. Como un objeto cultural no del todo identificado, bajo la etiqueta ‘sociedad de la información’ se agrupan no necesariamente de manea armónica, perspectivas, proyectos, deseos, discusiones cuyo punto en común es tal vez el reconocimiento de las distintas posiciones enfrentadas de que en el control, manejo, difusión de la información y su plataforma tecnológica se juega de fondo el proyecto que habrá de orientar el desarrollo futuro de nuestras sociedades.

En el contexto de urgencias que nos persiguen, del clima de autoritarismo creciente, de empobrecimiento estructural, de ensanchamiento de las desigualdades entre países, regiones, grupos humanos, no sobra preguntarse lo que la próxima Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información a celebrarse en Túnez en el 2005, implicará como desafío para los ciudadanos organizados en grandes y pequeñas redes, para los movimientos sociales, para los medios no convencionales, para los habitantes de la mal llamada ‘periferia’ geopolítica.

Des-bloqueos…contra la fatalidad

Cuesta mantener el optimismo. Hay dos elementos claves y recientes que marcan mi lectura en torno a la ‘sociedad de la información’. Primero, escribo estas páginas desde Guadalajara, a pocos días de terminada la III Cumbre de América Latina, el Caribe y la UE, cuyo saldo más visible, lamentablemente, fue el de la violencia provocadora de algunos infiltrados en el movimiento ‘altermundista’ y el de la violencia ciega con la que respondió el gobierno local y la violación dramática a los derechos humanos de los detenidos que ha sido poco documentada por la prensa convencional que ha preferido, otra vez, el relato cómodo que le viene de las fuentes oficiales; periodismo oficioso que no hace sino contribuir al clima de linchamiento social contra todos aquellos ‘sospechosos’ de disidencia frente al proyecto dominante. El tema es especialmente relevante, en tanto me permite colocar algunas cuestiones que creo substanciales de cara a la relación entre información y democracia.

En primer término, pese al intenso trabajo desarrollado en los últimos años por los movimientos sociales vinculados a la lucha por la democratización de la información, a la emergencia creciente de medios alternativos y a las numerosas y creativas estrategias en el uso de Internet como espacio para la visibilización, la discusión y la organización de iniciativas para contrarrestar con ‘otra información’1 los efectos del modelo neoliberal y su bloqueo sistemático a las voces críticas, lo sucedido en estos días de mayo de 2004 en la ciudad de Guadalajara ratifica, del modo más doloroso posible, que el movimiento social2 no ha logrado traspasar el cerco informativo que las industrias culturales aliadas a los poderes tienden en torno a las visiones ‘incómodas’ de la realidad y, además muestra que no bastan los numerosos sitios en la red, ni la resistencia organizada, ni las articulaciones globales del movimiento para enfrentar el poder de construcción y representación de la realidad de los grandes medios que ya por intereses creados o por sus rutinas simplificadoras de la complejidad, son capaces de generar efectos muy poderosos de percepción (y luego entonces, de opinión) locales y globales.

En este sentido, cuando la discusión en torno a la sociedad de la información se centra en las desiguales plataformas tecnológicas de los países y regiones, como el aspecto más relevante que configura las asimetrías en el acceso a la información, se pierde de vista la dimensión cultural del problema y se ignora que no es la tecnología en sí misma la que produce estos efectos de desigualdades, sino el control y el uso que de ella se hace que es a su vez resultado del proyecto histórico que ha venido trazando las coordenadas de dominación. Por supuesto que no se pretende ignorar la centralidad que tienen hoy los desequilibrios en la capacidad instalada para el acceso a las tecnologías de información y mucho menos afirmar que la economía política de la comunicación es un tema secundario. No.

Asumiendo que más que nunca resulta clave evidenciar y denunciar las asimetrías en la sociedad de la información, me parece que esta es una discusión incompleta, si al mismo tiempo no se coloca el debate en torno al monopolio en las políticas de representación de la realidad, cuyo peso no radica sólo en la posesión y control de los medios o de la infraestructura, sino además y vitalmente, en su capacidad para erigir versiones legítimas, consagradas y a veces únicas de lo real social, difícilmente ‘contestables’.

El desprecio por otras voces, otros relatos, otras maneras de entender lo sucedido, mostrado en la Guadalajara post cumbre por la mayoría de los medios locales y nacionales; la impunidad con la que el gobierno local ha podido actuar amparado en el discurso de la mano dura y la exaltación de la cultura local y las nada sorprendentes reacciones de muchos ciudadanos aterrados al extremo frente a la repetición iterativa y casi histérica de las imágenes televisivas y fotográficas de algunos de los manifestantes arremetiendo contra la policía, son más que retratos pintorescos; se inscriben frontalmente en la lógica de la disputa por la representación de lo real.

Lo que quiero enfatizar aquí es que no estamos solamente frente a un asunto de la ‘infraestructura’, sino además ante un problema de la ‘superestructura’; utilizando el lenguaje gramsciano3 si la sociedad de la información como concepto, tema, lugar y tiempo, puede tener algún sentido, es haciéndola salir de la trampa ‘estructural’ que restringe la discusión a licencias, posesión, desequilibrios en las plataformas instaladas (cuya palabra comodín es la llamada ‘brecha digital’), borrando del horizonte reflexivo y discursivo el poder simbólico de producción de realidades que si bien radica en la capacidad instalada, la trasciende al operar un llamado a la naturalización de este orden de cosas y al interpelar las fibras emotivas de unas sociedades atemorizadas al extremo que tienden a pactar con las imágenes que le son presentadas como transparentes y sin fisuras.

Si la crítica está desdentada o ha perdido legitimidad según la perspectiva de Luc Boltanski y Eve Chiapelo4 y hay un divorcio paulatino entre los intelectuales críticos y el movimiento social, ello se debe fundamentalmente a la imposibilidad no solo de acceder a los canales y circuitos por donde transitan los discursos consagrados del poder, sino también a la dificultad del pensamiento crítico para ‘conectar’ en el plano del reencantamiento del mundo con las aspiraciones, deseos, temores de la sociedad.5

Así, un tema clave para la reunión de 2005, lo constituye sin duda la discusión de fondo sobre la naturaleza cultural históricamente producida de las desigualdades y las brutales asimetrías en el acceso a la información que logra invisibilizar la larga trama de dominios sustentados en una supuesta superioridad racial, cognitiva, política del ‘norte civilizado’, frente a la barbarie e inferioridad del sur. Lo que quiero señalar es que mientras no se rompa el imaginario que tiende a aceptar como ‘naturales’ los desequilibrios entre los ‘centros’ de poder tecnológico y las periferias desposeídas, poco realmente podrá avanzarse en el proceso de una distribución equitativa en los accesos a una información fundamental como derecho a la vida. En términos metafóricos podemos decir que no es solamente un tema de ‘hardware’ sino también de ‘software’ y que resulta importante descolonizar el pensamiento de los detentadores y concentradores del poder informativo tanto como el pensamiento de los excluidos que introyectan la marginalidad como un orden natural de cosas.

La posibilidad de romper los cercos informativos que acechan al movimiento social no estriba únicamente en contar con tecnología propia y con circuitos autónomos de información, sino además y especialmente en su capacidad de penetrar los dispositivos convencionales para exigir a los poderes propietarios políticas de representación respetuosas y democráticas.

No se puede dar la espalda a los grandes medios de comunicación, contrarrestar su poder de representación demanda, me parece, convertirlos en interlocutores y para ello es necesario acumular contra poder, o en palabras de Chantal Mouffe6 ‘acumular antagonismos’, lo que significa rearticular las diferencias y discrepancias que enfrentan a los distintos movimientos sociales lo que deviene fragilidad e insularismo en la disputa por un nuevo espacio público. La ‘nivelación’ de poder en la relación con los grandes consorcios y empresas infocomunicativas es un tema crucial que requiere largos plazos y alta política, pero no es imposible. El poder no es monolítico y tiene fisuras.

Invisibilidad (es) poder

El segundo tema, tiene que ver con mi reciente estancia de varios meses en Barcelona. A lo largo de las semanas que transcurrían pude constatar la práctica invisibilidad de América Latina en los medios de comunicación que solo aparecía de vez en vez como ‘problema’. Las notas dedicadas a Latinoamérica por El País, La Vanguardia, El Mundo, ABC, y por los informativos televisivos, destacaron siempre extraños fragmentos de realidades muy complejas; por ejemplo, mientras en México se destapaba el escándalo mayúsculo de la corrupción en las estructuras del gobierno perredista (la izquierda histórica) de la ciudad de México, El País destinaba media página a la candidatura anticipada a la carrera presidencial del 2006 de la esposa del presidente, un asunto menor, muy menor con referencia a un panorama nacional muy complejo. Mientras que en la Argentina el presidente Kirshner ha dado una extraordinaria batalla contra los organismos económicos internacionales, El Mundo, destinaba una pequeña nota a la corrupción de la clase política argentina, como si la corrupción de la clase política española no existiera.

Los ejemplos pueden seguir, pero lo que me interesa de fondo es el efecto no sólo de invisibilidad y silencio en torno a una gigantesca, heterogénea y compleja región, sino además al desconocimiento (una forma de inferioridad) de la población ‘civilizada’ que no cuenta con los insumos para procesar la ‘diferencia latinoamericana’ y suele pensar esta región como un continuum de atrasos y salvajismos.

No deja de resultar interesante que desde los dispositivos informativos convencionales y visto desde España, el ‘mundo’ se reduce a la Unión Europea que hoy se amplía a la ‘nueva Europa’, a los Estados Unidos, a Africa por sus implicaciones migratorias, a una región de Arabia por sus implicaciones con el terrorismo. El resto no existe o, repito, existe como fragmento folclorizado.

Pesa constatar que este desconocimiento no está sólo en los medios y por extensión entre el gran público, sino en muchos profesores y académicos que afirman cosas como las siguientes: que los hombres latinoamericanos ‘van haciendo hijos por ahí’, que ‘los países salvajes son corruptos y no tienen remedio’. La pregunta por el mundo, el compromiso con el saber global no está instalada por lo que tiende a reproducirse el pensamiento colonial que atribuye a la otredad características monstruosas, anómalas, incompletas.

¿Cómo contrarrestar la política de sub-representación de la otredad en los medios, si este problema está siendo incubado en las mismas aulas de las universidades europeas? La llamada ‘sociedad de la información’ tiene otros escenarios, menos glamorosos y espectaculares que los medios como dispositivos de interconectividad, que la tecnología sofisticada, que las apabullantes cifras de control de propiedades: los ámbitos de la educación, el aula, el libro de texto, la calle, la precaria formación de los profesores que más por desconocimiento que por mala voluntad siembran en sus estudiantes, en los pequeños cuerpos de niñas y de niños, en los jóvenes universitarios, la cómoda certeza de poseer las claves básicas para descifrar el mundo otro.

Si los derechos humanos, si la plataforma tecnológica, si la equidad de género son temas claves en la sociedad de la información, no es menos importante concentrar la atención en los procesos de socialización de los nuevos ciudadanos que habrán de encabezar los esfuerzos por revertir el avance de la polarización entre el mundo de los ‘conectados’ y el ancho mundo de los ‘unplugged’.

Me parece especialmente preocupante que ‘el mundo’ no pueda caber en los medios y que cuando cabe sea a través de imágenes reductoras, descalificadoras, banales, superficiales, me parece que como tema central de agenda, el movimiento social debe ser capaz de colocar en la mesa de debates la necesidad de revisar los procesos socializadores, educativos a través de los cuáles se dota de contenidos, valores, imágenes y realidad a las culturas.

En el contexto de polarización entre ‘Occidente’ y ‘Oriente’, de desconocimiento del ‘Sur’, de fortalecimiento de los discursos guerreros, gana espacio la vinculación de la información con las agendas de seguridad nacional y global. El binomio información-seguridad, puede derivar en mayores desequilibrios y en un incremento del clima de violencia global. Si los monopolios de representación ‘legítima’ de la otredad triunfan en el proceso de adjudicación de etiquetas y estereotipos a las culturas ‘peligrosas’, a los pueblos ‘proscritos’, la fórmula ‘sociedad de la información’ será apenas un simulacro sociopolítico y cultural que sirva para ‘eufemizar’ la imposición y control de una información dirigida para mantener el orden dominante.

Finalmente y de cara a Túnez 2005 y leyendo los ‘síntomas’ de las distintas sociedades, desde una perspectiva latinoamericana, me parece pertinente enfatizar en la necesidad de ampliar las agendas y colocar en la discusión tres asuntos sustantivos:

∑ El bloqueo informativo acompañado de la satanización a los distintitos movimientos sociales que representan una contestación al modelo neoliberal de concentración de poder.
∑
∑ La discusión en torno a la posibilidad de una discusión que ‘acumule antagonismos’ y logre presentar una estrategia consensada para un rediseño en las políticas de representación de los medios.
∑
∑ La investigación, documentación y discusión en torno a los programas educativos que posibiliten incidir en la fase socializadora de la ‘sociedad de la información’.
∑
El cansancio acumulado, las certezas construidas, las agendas consagradas, son obstáculos serios para avanzar en un proceso de reflexividad creciente en torno a los nuevos desafíos que marca la soberbia de unos poderes que saben que su fortaleza se sustenta en la complicidad involuntaria de los desposeídos. ‘Activismo’ es una denominación ambigua, al poder le sirve para descalificar los esfuerzos del movimiento; al movimiento le pesa en cuanto lo obliga permanentemente a la reacción. Pasar a un nivel de reflexividad ‘pensar el pensamiento con el que se piensa’, pasa por transformar la reacción en acción. El desafío no es sencillo.

Notas

1. Sugiero al lector interesado acudir a la página www.otromayoguadalajara.org

2. Pese al riesgo de la generalización y por razones de espacio, uso aquí la expresión ‘movimiento social’ en singular para referirme a la confluencia de iniciativas, proyectos y prácticas que de maneras diversas presentan ‘resistencia’ a los poderes hegemónicos y que para el caso que nos ocupa, refiere a la dimensión informativa y comunicativa en el contexto de la globalización. Por supuesto, se asume que el movimiento social, no es homogéneo, que está conformado por actores y perspectivas diferenciales, marcadas tanto por las propias concepciones de lucha entre los grupos organizados o no, como por la especificidad local de las redes.

3. En una reformulación de la teoría marxista, Gramsci pensaba que ‘los fracasos’ de la lucha popular se debían a una concepción errónea de la estrategia: más que centrarse en los aparatos de producción y reproducción material de las sociedades (la infraestructura) y los modos de producción (la estructura), el movimiento obrero popular debía encaminarse a la conquista y transformación del ‘sentido común’, a las dimensiones simbólicas, a la cultura (la superestructura). El pensamiento gramsciano ha calado hondo en el pensamiento Latinoamericano y pese a ello, el movimiento social tiene dificultades serias para asumir la dimensión cultural de sus luchas. Ver A. Gramsci: Antología. México: Siglo XXI Editores, 1985. Traducción y selección de notas Manuel Sacristán; y, para una visión empírica del tema, R. Reguillo: Movimientos Sociales y Comunicación. Una perspectiva Gramsciana, en R. Reguillo (editora) Comunicación, sentido y vida cotidiana. Guadalajara: ITESO, 1994.

4. Ver de estos autores el imprescindible libro El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid: Akal. Cuestiones de Antagonismo, 2002.

5. La crítica está tan ocupada denunciando, señalando los peligros del modelo neoliberal, haciendo visibles las asimetrías, que no llega a ocuparse de ofrecer alternativas y este espacio social, el de la esperanza, es centralmente administrado por algunos ‘chamanes’ de la autoayuda o por los discursos autoritarios de los defensores de ‘occidente’. El tema es complejo y requiere una reflexión urgente.

6. Ver Chantal Mouffe: El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, democracia radical. Barcelona: Paidós, 1999.

Rossana Reguillo es Profesora-investigadora en el Departamento de Estudios Socioculturales. ITESO, Guadalajara, México

eZ publish™ copyright © 1999-2005 eZ systems as