Philip Lee
La capacidad del Hombre de buscar Justicia hace posible la democracia, pero su inclinación por la injusticia torna a la democracia necesaria, escribió Reinhold Niebuhr, en una época menos conciente de la identidad sexual. Pero, ¿Qué ocurre cuando la democracia repetidamente hace caso omiso a la injusticia y a la impunidad que sustenta a esta última?¿Cómo pueden los individuos, aún poniendo en riesgo sus propias vidas, marcar una diferencia? El siguiente artículo reflexiona sobre el ejemplo dado por una monja mexicana, asesinada por sus creencias y su lucha.
El fantasma de la impunidad acecha el mundo. Pol Pot, ex jefe del Khmer Rojo de Camboya, murió en 1998 sin ser procesado por crímenes contra la humanidad. Como consecuencia de las políticas salvajes del Khmer Rojo, unos dos millones de personas murieron entre abril de 1975 y enero de 1979. Siete integrantes del círculo más estrecho de Pol Pot, incluyendo su segundo, Nuon Chea, fueron recientemente señalados responsables por asesinatos en masa.1
Todavía está por verse si se los hará responder ante la justicia.
Camboya es sólo un ejemplo de una larga lista de países – Argelia, Argentina, Bosnia, Chile, China, Timor Oriental, Guatemala, Etiopía, Irak, Nicaragua, Corea del Norte, Palestina, Perú, Ruanda, Sierra Leona, Yugoslavia, Zimbabwe, y ahora Afganistán- donde secretos horribles están en proceso de ser divulgados, ¿ Alguno será realmente imputado como responsable de estos crímenes? Y ¿Qué de aquella democracia incondicional, los Estados Unidos de América, que ha estado “en guerra y ha bombardeado a diecinueve países desde 1945? 2 ¿Qué de aquel país del ex Secretario de Estado, Henry Kissinger, tema de un libro reciente que pide su enjuiciamiento por “crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, y por ofensas contra leyes internacionales que incluyen conspiración para cometer asesinatos, secuestros y torturas” ? 3
Impunidad es el nombre del juego. Sálgase con las suyas en lo que pueda y confíe en que ninguno lo descubra. Consiga que otra persona haga el trabajo sucio por usted. Si es descubierto, niéguelo. Si es procesado, alegue oportunismo político. Mejor aún, destruya las pruebas y elimine los testigos: “Impunidad representa el triunfo de la falsedad, del silencio, del olvido. Ella viola y envenena la memoria de individuos y comunidades. Ideologías y doctrinas que condujeron a actos criminales pasados no son ni condenados ni cuestionados; consecuentemente se hallan suspendidos en el aire, como la espada de Damocles, sobre la cabeza de la víctimas y de la sociedad en general. Por lo tanto, la impunidad torna la verdadera reconciliación imposible. Suprimiendo cualquier contacto significativo, entre víctimas y aquellos responsables por sus sufrimientos se impide cualquier reestablecimiento de las relaciones, tanto entre los individuos como entre los grupos.”4
Así como crímenes contra las naciones, también son cometidos crímenes de lesa humanidad: crímenes contra personas que reclaman justicia; contra personas que están encarceladas, que han sido torturadas o son asesinadas simplemente por defenderse, por hacer que sus voces se escuchen. La impunidad está en todos lados.
Decir la verdad al poder
En 2000, Kerry Kennedy Cuomo, activista de los derechos humanos y presidente del Consejo directivo de Amnistía Internacional, publicó su libro Decir la verdad al Poder: Defensores de los Derechos Humanos que están cambiando nuestro mundo. Más tarde, durante ese mismo año, inducido por Cuomo, el escritor y poeta Ariel Dorfman, concluyó su obra de teatro, Decir la verdad al Poder: Voces desde más allá de la Oscuridad, basados en entrevistas del libro.
La obra de teatro se estrenó en Washington, el 19 de septiembre 2000, y en Londres, el 3 de junio 2001. Ocho voces y un “Hombre” cuentan las historias, que destacan injusticias cometidas en diferentes partes del mundo. Una de las voces es la de Digna Ochoa, abogada y activista por los derechos humanos, de México, asesinada el 19 de octubre 2001.
Digna Ochoa y Plácido fue una monja que inició su carrera de activista como abogada. Su padre fue un líder sindicalista en Veracruz. En la fábrica de azúcar donde trabajó, se comprometió en la lucha para obtener agua potable, mejores caminos y certificados de tierras. Digna estudió leyes porque a ella siempre le fue dicho que su padre y sus compañeros necesitaban más abogados. Su padre fue encarcelado durante un año y quince días, período durante el cual fue torturado. Todos los cargos contra él fueron inventados. Cuando Digna comenzó a estudiar leyes tenía la intención de ejercer en la oficina del Procurador General, luego ser juez y ayudar a la gente a combatir la injusticia. Pero al encontrar corrupción en las oficinas del fiscal, cambió hacia la defensa.
Su primer caso fue contra funcionarios policiales involucrados en la detención ilegal y tortura de varios campesinos. La policía empezó a perseguirla con amenazas a través de llamados telefónicos y de cartas. Luego fue secuestrada, mantenida incomunicada por ocho días y torturada. La policía le dijo que tenían en su poder a miembros de su familia, incluido su padre. Finalmente ella escapó y se mantuvo escondida hasta que, muy a su pesar, decidió mudarse a la ciudad de México. Mientras estuvo en la capital, frecuentó un curso de derechos humanos y en diciembre de 1988 se unió al Centro por los Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez que se había establecido recientemente. Trabajando para “el Pro”, Digna manejó varios casos como el de su padre, gente común que debió soportar acusaciones criminales sólo porque luchaba por mejores condiciones de trabajo o porque denunciaba injusticias.
Digna se volvió muy conocida por defender a dos campesinos, Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, quienes protestaban contra la tala ilegal y destructiva llevada a cabo por jefes políticos locales y que fueron encarcelados en agosto de 1999 bajo los cargos de tráficos de drogas y tenencia de armas. Amnistía Internacional los consideró “prisioneros de conciencia”. Más tarde, ese mismo año, Digna fue secuestrada y golpeada. Dos meses más tarde, en su propia casa, fue atada, vendada en los ojos y torturada durante nueve horas. No hubo detenciones luego de estos ataques.
Varios clientes de Digna fueron acusados de ser miembros de organizaciones guerrilleras. Entre ellos estaban dos hermanos acusados en agosto de 2001 de colocar pequeñas bombas en las inmediaciones de cajeros automáticos de bancos en barrios ricos de la ciudad de México. En septiembre, Digna recibió nuevas amenazas, tal vez en relación con su trabajo como consejera de Pilar Noriega, abogada y “Primera visitante” de la Comisión por los Derechos Humanos en el Distrito Federal, de la capital. El 19 de octubre de 2001 Digna Ocho fue asesinada.
Luego de su muerte, Curt Goering, subdirector ejecutivo de Amnistía Internacional USA, dijo: “Este es un horrible y trágico golpe a la protección de los derechos humanos en México. La retórica de la administración Fox indicaba que estaba preparado para tratar los asuntos de derechos humanos en forma diferente que en el pasado. Tras un hecho como este, aquella retórica suena hueca”.5
El presidente Fox, cuya elección en 2000 finalizó con 71 años de gobierno del Partido Revolucionario Institucional, había prometido investigar abusos del Poder cometidos en el pasado y eliminar la corrupción dentro del gobierno. Su aparente dedicación para terminar con la tortura llevada a cabo por las fuerzas militares y federales fue aplaudida por los defensores de los derechos humanos. Sin embargo, antes de cumplirse un año de su llegada a la presidencia, sus promesas de crear una comisión por la verdad permanecen incumplidas y ha nombrado a un militar como Procurador General de la Nación. Las esperanzas por un cambio genuino en la cultura de la impunidad en la que los políticos mexicanos se mueven se han desvanecido.
En noviembre de 2001, respondiendo a las críticas de la gente, Fox dio el indulto a Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, pero la suerte del brigadier general José Francisco Gallardo, todavía está pendiente de resolución. Gallardo fue detenido en noviembre 1993 bajo los cargos de calumniar a las fuerzas armadas, por criticar los abusos de éstas contra civiles. Los cargos fueron desestimados, en 1994, pero él permanece en prisión.
Rosario Ibarra de Piedra, pionera en la defensa de los derechos humanos en México, dijo que el crimen de Digna debe ser agregado a la larga lista de asesinatos llevados a cabo en el país a lo largo de más de tres décadas. Protestando fuera de la oficina gubernamental, el ex candidato a la presidencia dijo que el crimen era “más de lo mismo” de parte del nuevo gobierno. “Como en muchos otros casos, las autoridades no dan signos de que la ley y la justicia deberían aplicarse”.6
Organizaciones Internacionales también reaccionaron alarmadas, junto con la Comisión Nacional por los Derechos Humanos. Su presidente, José Luis Soberanes, declaró que el asesinato de Digna Ochoa “pone en duda las garantías dadas a las personas dedicadas a proteger los derechos humanos y representa un serio revés para el país”.7
De la apatía a la solidaridad
En su obra Decir la verdad al Poder, Ariel Dorfman pone frente a frente a defensores de derechos humanos -activistas de carne y hueso de diferentes partes del mundo- con “un personaje mítico, una especie de predicador del mal”. Para empezar, el Hombre representa el estado de represión que cada protagonista afronta, pero para el final él se ha transformado en una proyección de sus más profundos miedos. El se vuelve:
“...el representante de aquellos que son indiferentes, aquellos que miran el terror sin hacer nada, una dimensión interior demoníaca de los activistas mismos, una tentación y un señuelo para dejarse hartar... Es la fuerza de la indiferencia el verdadero enemigo”. 8
Es esta indiferencia la que permite que la impunidad crezca. ¿Cómo podemos combatir la indiferencia?, ¿Cómo podemos abordar aquello que está realmente en juego -el debilitamiento de la humanidad comprensiva a través de la indiferencia? Una forma es reconsiderando nuestra “proximidad” a la injusticia y repensando las actitudes que podemos tomar al respecto.
Frecuentemente los periodistas han recurrido a la “ley de la proximidad” para explicar el valor noticiable de un hecho. Generalmente definida en términos geográficos, esta “ley” establece que cuanto más cercano un hecho es al lector / espectador, más importancia aquél tiene. Cruelmente expresado, una persona muerta en un lugar cercano equivale a miles de muertos en un lugar remoto. La comparación de la cobertura de los medios de diferentes regiones, un mismo día, muestra cuan consistente es esta regla (con la excepción, tal vez, de un hecho como el del 11 de septiembre de 2001, en Estados Unidos).
Así como la proximidad geográfica, existen proximidades de tipo territorial (local, nacional, internacional), social (clase obrera, profesional, etc.) ideológica (política, religiosa, etc.) y relacionada con los mismos medios (afinidad o no editorial, audiencia, etc.). Todas ellas juegan su papel en determinar qué es “noticiable” e “importante”. Los sistemas mass mediáticos crean y mantienen una jerarquía de noticias en la cual los hechos y los tópicos son seleccionados o privilegiados de acuerdo a si son mas o menos fuera de lo común en relación con la audiencia. Por lo tanto, en cierta medida, los medios determinan qué es “normal” y “anormal”, “aceptable” o “inaceptable” en la sociedad y refuerzan el criterio según el cual son hechos esos juicios.
Es evidente que esta idea de “proximidad” se correlaciona directamente con los niveles de conciencia del público, con los niveles de preocupación o indiferencia hacia los hechos y que los medios masivos pueden ser usados para influenciar la toma de decisiones políticas (sociales y culturales). Si lo que aprendo sobre el Islam, por ejemplo, es lo que los medios me dicen, y si los medios fracasan en proveerme de una cobertura imparcial y equilibrada, mi indiferencia (apatía) aumentará, probablemente. Al contrario, si los medios hacen una cobertura exhaustiva y responsable, es probable que mi preocupación e interés (empatía) se incremente. En relación con la impunidad y la protesta contra la injusticia, los medios masivos juegan un rol crucial en afectar tales percepciones y respuestas.
Aunque los siglos XX y XXl han sido y serán los más mass mediáticos, todavía hay un inmenso abismo entre el síndrome de la apatía -“informado pero no podría importarme menos”- y el síndrome de la empatía- “conozco la realidad, me importa y actúo”:
“Pareciera haber buenos argumentos en la opinión que dice que aún cuando tomamos más conciencia del horror y la violencia distante que cualquier otra comunidad lo haya hecho antes, los medios ( y especialmente la televisión) nos dan información pero no, conocimiento. Consecuentemente, en su mayor parte, no necesitamos sufrir en el conocimiento del sufrimiento de los otros porque, cuando todo es dicho y es hecho, no necesitamos ni siquiera saber con certeza que ellos están sufriendo o, es más, que ellos no “se merecen” sufrir por alguna razón misteriosa o de larga tradición conocida solamente por aquellos que perpetran el horror. Más que nada, estamos capacitados para estar extraordinariamente bien informados sobre todos y sus intenciones y de este modo, somos distantes del matador campo de la recolección de la información”.9
Más allá de la pasividad
No es suficiente conocer. Los cambios exigen acción -al menos la denuncia pública. La obra de Ariel Dorfman, Decir la verdad al Poder, es una de esas voces públicas. Trae a cercana proximidad gente que ha dado una respuesta personal a situaciones de vida o muerte. Todos ellos han desafiado a la impunidad y a la injusticia. Para Dorfman, escribir la obra fue una oportunidad:
“...para poner en el escenario las voces de héroes y heroínas que han respondido, en sus propias existencias, las preguntas que yo me realizaba a medida que iba creciendo, en el momento en que descubría la tristeza y los conflictos del mundo. Fue una oportunidad para ser un fugaz colaborador de sus muy frecuentemente olvidadas vidas, una oportunidad para ayudarlas ponerse en contacto con otras. Porque ellos creen, y yo creo, que el silencio te deshonra: que ver la injusticia y no decir nada es volverse, en una manera extraña y gravosa, un cómplice.”10
La obra nos insta a tomar el difícil y peligroso camino que se halla más allá de la pasividad, más allá de la indiferencia, hacia la solidaridad y el compromiso activo. Puesto que, si una vida merece ser vivida, es en solidaridad con otros seres humanos. En palabras de Digna Ochoa, la injusticia “nos incentiva a hacer algo, a tomar riesgos, sabiendo que si no lo hacemos, las cosas permanecerán sin cambiar”. La indiferencia a la injusticia, a la impunidad, a los “desaparecidos” de América Latina y a los genocidios de Camboya y Ruanda, conducen a la erosión de la democracia y de nuestra misma humanidad.
Notas
1. ‘Seven Candidates for Prosecution: Accountability for the Crimes of the Khmer Rouge’, reporteado por Steve Herder y Brian Tittemore (2001). Washington: Coalition for International Justice y War Crimes Research Office, The American University Uno de los siete, Ke Pauk, murió en Camboya, el 15 de febrero de 2002.
2. ‘Brutality smeared in peanut butter’: Why America must stop the war now, por Arundhati Roy. London, The Guardian, 23 de octubre de 2001.
3. The Trial of Henry Kissinger, por Christopher Hitchens. New York: Verso Books, 2001.
4. Beyond Impunity: An Ecumenical Approach to Truth, Justice and Reconciliation, por Geneviève Jacques. Geneva: WCC Publications, 2000, p. 4.
5.. ‘Challenge to Mexican Human Rights’, por Ginger Thompson. The New York Times, 22 de octubre de 2001.
6. ‘El crimen de Digna Ochoa se suma a la ola de asesinatos que se perpetran en el país’, por Silvia Magally. Notimex, 22 de octubre de 2001.
7. ‘Digna Ochoa o el regreso de la guerra sucia’, por Raúl Monge. Proceso, 23 de octubre de 2001.
8. ‘A voice for the voiceless’, por Ariel Dorfman. The Guardian, 2 de junio de 2001.
9. Moral Culture, por Keith Tester. London: Sage Publications, 1997, p. 148.
10. ‘Preliminary words’ por Ariel Dorfman a la obra Speak Truth to Power. London: Index on Censorship, 2001, p. 6.
Philip Lee estudió Lenguas Modernas en la Universidad de Warwick, Coventry, y dirección y piano en la Royal Academy of Music, en Londres. En 1975, se incorporó al staff de la Asociación Mundial por Comunicaciones Cristianas, donde trabaja en los sectores Forum y Advocacy y es Coordinador Regional para Europa. Es también co-editor de la revista internacional Media Development. Sus publicaciones incluyen Communication For All: The New World Information and Communication Order (ed.) (New York: Orbis, 1985); The Democratisation of Communication (ed.) (Cardiff: University of Wales Press, 1995); The WACC 1975-2000: “A Labour of Love” (London: WACC, 2000); Communication & Reconciliation: Challenges Facing the 21st Century (ed.) (Geneva: World Council of Churches, 2001); Comunicación y fe: Desafíos para un milenio globalizado (ed.) (London: WACC, 2001); y Requiem: Here´s Another Fine Mass You´ve Gotten Me Into (London; WACC, 2001).
Traducción: Adriana Virgilio