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Por Rolando Pérez, comunicador e investigador peruano y Miembro de la WACC
Pensando el desarrollo luego de la masacre en Bagua, Perú
| | Escúchanos por favor señor Alan García: ¡Tú eres culpable porque nos has exterminado!: Nos estás matando Nos estás vendiendo. Nosotros los awajún-wampis no te hemos elegido para que nos extermines, sino para que nos ayudes.¡Ya nos exterminaste, ahora quedamos sin NADA! Fermín Tiwi, pobladora del pueblo Awajún, 5 junio, 2009 |
Ya está bueno de protestas… Estas personas no tienen corona, no son ciudadanos de primera clase… [Nosotros] hemos sido elegidos no para lavarnos las manos y decir: para que no haya ningún herido miro al otro lado y mientras tanto nos quedamos sin gas y sin petróleo, ¿eso quieren?. Alan García, Presidente del Perú, 5 junio, 2009 Conmovedor clamor de una pobladora de la comunidad Awajún, pero al mismo tiempo escalofriante respuesta del Presidente peruano Alan García al grito del pueblo indígena, a la justa protesta de las comunidades nativas, ante la aprobación de una serie de dispositivos legales que afectaban la propiedad de sus tierras y que fueron emitidos a espaldas de ellos, sin ningún diálogo ni consulta previa. Este discurso da cuenta que la percepción que el mandatario peruano tiene sobre los ciudadanos y ciudadanas de este excluido sector de la sociedad peruana tiene mucho que ver con la lógica ética desde el cual se construye el desarrollo y se concibe la democracia.
Los hechos violentos y la pérdida de vidas humanas ocurridas el 5 de junio como consecuencia del enfrentamiento que produjo la represión policial en la localidad amazónica de Bagua han generado reacciones diversas en el Perú y a nivel internacional. Me gustaría leer algunos de los mensajes que encuentro en el grito de las comunidades nativas y en la respuesta desde el Estado a sus demandas.
Este estremecedor grito que surge desde las entrañas de uno de los sectores peruanos más excluidos nos vuelve a mostrar que nuestra sociedad se construye aún sobre los cimientos de un modelo de desarrollo sin rostro humano. Las terribles imágenes de los policías acribillados, o de los gritos de mujeres como Fermin Tiwi dibujan – como bien sostiene la periodista Patricia del Río – el desencarnado retrato de una sociedad que paga muy caro su imposibilidad no solo de reconocer al otro, sino también de reconocerlo como un igual.
Lo que en realidad las comunidades nativas demandan desde hace mucho tiempo es el elemental derecho a ser escuchados, a tener un lugar activo y respetado en la mesa donde se toman aquellas decisiones que afectan su desarrollo. Y en esta ocasión, como se pude leer en las palabras del propio Presidente peruano, la respuesta desde el Estado vino cargada de mucha soberbia, de un discurso agresivo, discriminador e intolerante. Y es que este modelo de desarrollo no entiende ni acepta la diversidad, tampoco tolera y más bien arremete contra la disidencia, generando brechas y acrecentando las exclusiones.
Este es el mismo Estado que utiliza las expresiones culturales de las comunidades nativas como un recurso – a modo de mercancía – para promover el turismo y legitimar su modelo de desarrollo. Pero, cuando estas mismas poblaciones levantan su voz para reivindicar sus derechos son estigmatizados y satanizados. El sociólogo Santiago Alfaro nos ha recordado en estos días las siempre agudas palabras del maestro José María Arguedas, quien calificó como un “monstruoso contrasentido” el hecho de que las élites políticas y económicas peruanas de su tiempo a la vez que admiraban el arte indígena, despreciaran a sus creadores. Los actores políticos son otros hoy, pero la cultura política y la lógica moral es la misma.
Por lo tanto, no se trata en este caso de la incapacidad del gobierno para resolver los problemas sociales y responder al las demandas de los ciudadanos. No ha sido este un lapsus político. Más bien, lo que los hechos de Bagua demuestran es que estamos frente a una manera de ver, concebir y creer respecto al tipo de sociedad que se intenta construir desde el poder. Se trata de un Estado etnocentrista y fundamentalista, que se goza en el ocultamiento de la verdad para satanizar a aquellos que protestan y se afirma en la manipulación de la información como estrategia de justificación del atropello.
Finalmente, desde la sociedad civil es importante señalar que los hechos ocurridos vuelven a interpelar a dos actores sociales que pueden jugar un rol importante para reconstruir una sociedad distinta al que los sucesos de Bagua nos han develado: Los medios de comunicación y las iglesias.
Por un lado, en estos días ha sido reconfortante notar, a diferencia de épocas anteriores, una reacción menos complaciente de la mayoría de medios de comunicación frente a la posición del gobierno respecto a la masacre del 5 de junio. Es revelador el hecho de que Radio la Voz de Bagua haya sido recientemente cerrada por disposición gubernamental como consecuencia de su posición crítica ante el discurso oficial. En este sentido, el grito del pueblo indígena demanda a los medios de comunicación un rol mucho más vigilante, que contribuya a esclarecer la verdad, y a contrastar la versión oficial de los hechos con los datos de la realidad. Los medios de comunicación siguen siendo pues fundamentales no solo para visibilizar las voces y demandas de los sectores excluidos de nuestros pueblos, sino también para interpelar a aquellos que desde la esfera del poder atropellan a los más débiles.
Por otro lado, frente a la pérdida de credibilidad del gobierno, muchos sectores han planteado que las iglesias pueden jugar un rol clave para la afirmación de una nueva cultura basada en la justicia y el respecto a los derechos humanos, en donde sectores como las comunidades nativas sientan que no son más ciudadanos de segunda clase. Justamente, este pedido se plantea en una época en el que los sectores políticos ligados al gobierno buscan a cualquier costo abrazarse con una iglesia complaciente, que bendiga su modelo de desarrollo y aplauda sus políticas. El grito del pueblo indígena demanda, en ese sentido, comunidades de fe que afirmen su sentido pastoral desde la acción profética, que sean capaces de acompañar a los débiles, que no se callen frente a la injusticia, y que contribuyan a crear puentes de dialogo para evitar toda forma de violencia.
En suma, los hechos de Bagua nos interpelan tanto que no es posible que los comunicadores nos quedemos en el balcón reproduciendo la información oficial cuando los testimonios de las victimas necesitan ser visibilizados, considerados verdaderamente como ciudadanos y no satanizados. Pero al mismo tiempo, esta crisis es también interpelante para aquellos que nos movemos desde el campo de la pastoral y los esfuerzos eclesiásticos, respecto a la urgente necesidad de acercar nuestra palabra y práctica al clamor de los excluidos y excluidas de la sociedad. Esto implica remplazar los silencios pastorales cómplices y los púlpitos desencarnados con aquellas voces y prácticas proféticas que nos reaviven la memoria, nos inviten a no callarnos frente a las injusticias y nos activen la esperanza por un mundo verdaderamente humano.
Trabajemos para que las nuevas generaciones no tengan que decir aquello que proféticamente pronunció el pastor Martin Luther King leyendo lo que pasaba en la sociedad de su tiempo: “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos.” |